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Si algo bueno hemos sacado de esta estafa es el fin de las inhibiciones. Algunos (nadie dijo que la libertad fuera gratis) están viviendo una primavera como no se veía desde Praga y se han lanzado a la carrera a decir las cosas que nunca te dije. “No creamos medicamentos para indios, sino para los que pueden pagarlo”, ha dicho para desdecirse posteriormente el consejero delegado de una de las farmacéuticas más importantes del mundo. Tal desinhibición solo es posible bajo el convencimiento de que no es probable que los tanques vengan a aplastar la libertad.

Los arrebatos de sinceridad son de agradecer pues si bien la verdad no nos hará libres sí al menos más felices. Me alegra que algunos digan las cosas como siempre fuer: estamos aquí para ganar pasta, el resto fue un entretenimiento bonito mientras duró. Por menos de lo del alto ejecutivo, a un supuesto humorista francés le están montando un juicio sumarísimo. Todavía hay clases y como decía Sarah Silverman en uno de sus afilados monólogos, “si los negros hubiesen estado en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto nunca habría ocurrido. Al menos no a los judíos”.

Fiado todo a los mercados no ha quedado más remedio que acabar encomendándonos a los santos. Si la intercesión de la Virgen del Rocío en Trabajo ha demostrado que los caminos de aquellos son inescrutables (cada vez trabaja menos gente pero hay menos desempleo) no es baladí que ahora sea Santa Teresa la que ponga su única mano en el empeño. A Las Vegas uno va a lo que se va a una ciudad en la que solo hay casinos y putas. La diferencia es cómo se vuelve, y Jorge Fernández Díez dejó el secarral de Mojave hecho un San Pablo en busca caballo. Estamos a esto de que la rueda de prensa del Consejo de Ministros pase de ocupar las mesas de debate político a ser fetiche en el plató de Milenio 3.

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