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Jugar la carta de la nostalgia suele reportar beneficios a corto plazo. A la larga, acaba dejando al descubierto nuestras carencias. Instalada en un proceso de demolición que algún día será digno de estudio y sin un duro en los cajones, RTVE lleva tiempo rebuscando en su archivo para llenar horas de programación. Desconozco si la audiencia respalda el permanente ejercicio de memoria, pero reconozco que las pocas veces que me siento ante este canal caigo víctima de su encantamiento. Lo malo es que a los pocos minutos las imágenes enlatadas acaban produciéndome una tremenda desazón. Justo al darme cuenta de la mierda aburrida, casposa y falta de creatividad en que hemos convertido aquel país retratado en los archivos.

Dejando a un lado la estética infumable con la que se vistió el invento de la Movida, al asomarnos a la tele de los ochenta solo podemos constatar nuestra involución. Sabemos de nuestro gusto desmedido por perder trenes lo que explica que los sesenta llegaran a España con veinte años de retraso. Podemos hasta esperar que desde aquella cima de libertad recién salidos de la dictadura, las cosas solo pudieran ir a peor. También en EEUU el desenfreno sesentero sirvió de antesala a Reagan. Pero entenderlo no significa, sin embargo, que el sonrojo alcance cotas insoportables.

Los niños de mi generación fuimos educados por gente como Loló Rico y Santiago Alba. Si alguno de ellos se acercase hoy a una tele el sonido de las alarmas llegaría hasta el cuartel de los antidisturbios, muy ocupados ayer apaleando a un discapacitado que no quería ser desahuciado. Uno de los experimentos más interesantes es ponerle a mi santa yankee imágenes de La Bola de Cristal y ver su reacción. Aunque tardamos años en comprenderlo, aquel «¡viva el mal, viva el capital!» acabó por cobrar sentido. También que si uno no lee corre el riesgo de convertirse en un borrego; o en Carlos Floriano. Aunque hay cosas que no se arreglan ni con libros, al menos se trata de intentar minimizar el daño.

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