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Norman Mailer y Jimmy Breslin en junio de 1969. Foto: Neal Boenzi (The New York Times)

Norman Mailer y Jimmy Breslin en junio de 1969. Foto: Neal Boenzi (The New York Times)

El niñato de la Ivy League que habría de ser toda su vida Norman Mailer ya había intentado saltar a la  política en 1960. La política es al fin y al cabo el charco supremo por eso se resistía a dejar pasar la oportunidad de practicar su actividad favorita, pisarlos. En 1960 convertido ya en celebridad, el enfant terrible de las letras estadounidenses, el niño al que mamá convenció de que era un genio ya había dado muestras suficientes de que lo era para todo. En 1948, con tan solo 25 años, Mailer se acercó como nadie a esa ballena mítica que es The Great American Novel entregando Los desnudos y los muertos, un libro sobre la Segunda Guerra Mundial en el frente del Pacífico que él solo había conocido desde un cómodo puesto de cocinero en Filipinas. Pero aquel 19 de noviembre de 1960, tan solo tres días antes de presentar su candidatura a la alcaldía de Nueva York, Mailer, hasta arriba de alcohol y rabia, apuñaló a su segunda esposa (de las seis que tendría a lo largo de su vida), una actriz de tercera de origen español llamada Adele Morales. Ella acabó en el hospital y el pequeño escándalo en los periódicos. Pero la gente importante siempre lava los trapos sucios en casa. Morales no presentó denuncia y poco después diría que ella había provocado al macho cabrío que Mailer siempre llevó dentro: «vamos, pequeño maricón, ¡¿dónde están tus cojones?!»

Norman Mailer (Long Branch, New Jersey, 1923 – Nueva York, 2007) era el paradigma de lo políticamente incorrecto. Hoy sería considerado un misógino machista insoportable por sus posturas llenas de desconfianza ante todo lo que oliera a feminismo. Lo era. Por suerte para el genio, con él como con otros muchos, su obra le sobrevive oscureciendo las facetas más espinosas de un personaje que encarnó como nadie la conciencia crítica de Estados Unidos. Con todas sus contradicciones. Pero no perdamos el hilo. Después del episodio del apuñalamiento, Mailer siguió la política desde la barrera. Se convirtió en uno de sus cronistas de excepción siendo testigo de buena parte de los acontecimientos que marcaron la década más convulsa de su país. Lo hizo de la mano de eso que los yankees, listos como nadie para bautizar cosas, llamaron Nuevo Periodismo que como sabemos no era tan nuevo pero sí periodismo con mayúsculas. Como tal, dejó títulos como Miami y el sitio de Chicago (la mejor recopilación en español de sus reportajes-ensayo sigue siendo el volumen América publicado en 2005 por Anagrama); y sobre todo Los ejércitos de la noche, por la que en 1968 acabaría recibiendo el primero de sus dos Pulitzer. Quizá la mejor radiografía de la izquierda snob estadounidense a la que él mismo pertenecía.

Tras la primera intentona fallida la oportunidad de volver a pisar el charco supremo le llegó nueve años más tarde, en 1969.

Como todo lo que suele acabar en desastre al principio parecía una buena idea. Y vaya si lo era. Dirán los pragmáticos que lo importante es el resultado, el final. Pero los románticos sabemos que no es cierto, lo mejor es la aventura. El camino que uno recorre descifrando un final que ya está escrito de antemano, aunque al principio tanto Norman Mailer como Jimmy Breslin, el otro loco ilustrado que quiso un día gobernar la capital del mundo, estuvieran convencidos de que iban a ganar. Obviamente no fue así.

Lo siento mucho pero el resto del texto hay que pagarlo. Es fácil, se puede comprar aquí. En el Nº 6 de Jot Down junto otras muchas y mejores historias. Y sale James Gandolfini en la portada.

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