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Foto: ATLAS

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Decía Groucho Marx que nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como él. Yo siempre he tenido problemas con formar parte de grupos u organizaciones que tuvieran más de un miembro entre sus filas. Pueden decir por lo tanto que ideológicamente soy marxista. Mi naturaleza desconfiada me inclina a pensar mal de la gente. Especialmente de la que nunca discrepa con el de al lado. Supongo que es un defecto. En cierto sentido siempre he envidiado al militante de la misma forma que al creyente. La idea de aferrarse a algo como a un flotador en mitad de un temporal atlántico siempre me ha parecido alentadora. No importa sobre qué, resulta tranquilizador aceptar lo que diga el jefe como una palabra de Dios en cualquiera de sus manifestaciones. Evita quebraderos de cabeza para que uno pueda concentrarse en lo urgente dejando a un lado lo importante, que es más o menos lo que manifestaba Groucho de la política: «el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después el remedio equivocado».

Una de las primeras máximas de la teoría de la comunicación aplicada al periodismo es que uno no lee periódicos para contrastar opiniones, ni si quiera para informarse. Leemos tal o cual periódico o escuchamos tal o cual radio porque nos gusta ver ratificados nuestros prejuicios. Esta sensación elevada a la enésima potencia son los actos de los partidos, especialmente en campaña electoral. Nunca he entendido la fruición de las formaciones políticas por llenar palacios de congresos y plazas de toros. Montar un gran aquelarre de autoafirmación colectiva y venderlo como una muestra de fuerza. Como si el que va a un mitin necesitara un último empujón para decir el color de la papeleta con la que ya antes ha salido de casa. Si después un miembro de la manada flaquea siempre podemos hablar de «democracia interna», «verso suelto» o hasta de que «en un momento determinado a todos nos gusta ser guay del Paraguay».

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