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"La Libertad guiando al pueblo", Eugène Delacroix, 1830

“La Libertad guiando al pueblo”, Eugène Delacroix, 1830

Como casi siempre, la diferencia entre verdad y mentira suele ser una línea de texto escrita a cuerpo ocho. Casi tan pequeña la letra como esa en la que los bancos meten sus cláusulas abusivas para decir luego que un jubilado no es un ignorante financiero, que diría Blesa. Por eso, aunque se lea, es muy difícil adjudicar esa línea a uno de los campos. Hace tiempo que las cuestiones de verdad y mentira dejaron de verse en términos absolutos. Como la Historia y su hermana bastarda, la memoria. No fue hasta bien entrado el pasado siglo cuando cayó el primer mandamiento que regía nuestra mirada al pasado: es imprescindible conocer el pasado (catalogarlo) para que no se vuelva a repetir. Una mentira de naturaleza taxidérmica que quedó certificada por ejemplo en un agujero del África postcolonial donde, a mayor gloria del público, algunos repitieron con machetes lo que los nazis ya habían hecho antes a base de Zyklon-B. Hoy sabemos que el pasado histórico no es otra cosa que una construcción que hacen (hacemos) unos señores desde el confortable presente. Imaginen pues lo que pasa con la hermana bastarda. Con razón decía Ray Loriga que la memoria es como un perro tonto: le tiras un palo y nunca sabes lo que va a traerte de vuelta.

Ante el miedo a la nada, toda sociedad necesita construir mitos sobre los que cimentarse. Nuestro último mito fundacional ha resultado ser la Transición. Es el último de una larga lista en la que están, entre otros, la República (en abstracto), los llamados “40 años de paz” o incluso  la España de los Reyes Católicos, que por no ser ni era España. Esta inventiva no es patrimonio de nadie. En EE.UU. el mito ha alcanzado la categoría de arte. Más cercana está por ejemplo Francia, que se llena la boca de República sin saber muy bien a qué referirse en cada momento. De Gaulle era el tipo más listo en el momento oportuno, un gran constructor de mitos. Nadie puede vencer el de La Resistencia pese a que esta hubiera sido bien poca. Al poco de llegar a Francia le pregunté a un amigo, muy aficionado a la Historia: ¿por qué hay tantos monumentos y conmemoraciones dedicadas a la I Guerra Mundial (de la que estamos en centenario) en comparación con la II? “Es sencillo”, me respondió. “La primera la ganamos, la segunda fue una vergonzosa humillación que ganaron otros”.

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