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GABO

Lo peor no es la desaparición de un escritor cuya obra te ha marcado tanto. Lo peor es la sensación de que algo de ti se va con él. La de Gabriel García Márquez era desgraciadamente la crónica de una muerte anunciada. Tanto que hasta hace dos semanas, con el mundo en vilo mientras estaba ingresado en un hospital mexicano, el Aureliano Buendía que Gabo lleva dentro salió para comunicar al mundo por boca de su chófer una sola frase: “Están locos, ¿qué hacen allá afuera (los periodistas)? Que se vayan a trabajar, a hacer algo de provecho”. Supongo que ese era García Márquez, tímido hasta la extenuación, retraído  “pero de mentalidad lúcida” como el coronel y sus diecisiete Aurelianos. Cada vez que muere alguien así corren los hagiógrafos y las plañideras hacen competición para ver quién ha comido más veces con el finado. Sobra decirlo, pero el que esto escribe lo más cerca que ha estado del escritor ha sido a través de sus libros y aun así me permito el lujo y el atrevimiento de llamarle Gabo como dicen que le llamaban sus amigos, que desde ayer son seguramente muchos más de los que él mismo contaba.

Se fue Gabo casi como el coronel. Poco a poco y, dicen, olvidándose de buena parte de lo vivido a causa de una demencia senil aumentada por el cáncer contra el que luchaba desde hace años. Porque a Gabo, lamentablemente, no se lo llevó el amor como él hubiera querido para encontrarse a charlar con Florentino Ariza sobre la memoria de sus putas tristes. No. García Márquez fue periodista antes de escritor y porque el periodismo sigue siendo el vilipendiado oficio más bello del mundo, Gabo sabía que había de ser exacto hasta en su última crónica, aunque esta no fuera ya a salir del teclado ante el que desde que tenía diecisiete años se sentaba a llenar folios en blanco cada mañana. A Gabo se lo ha llevado el tiempo, pero sobre todo el cáncer, no una eufemística larga enfermedad tan del gusto de las páginas de los periódicos actuales. Y es una pena, quizá la más grande, la misma que siempre lamentaba mi abuela: “sempre morre quen non debe”.

A estas alturas ya habrán leído toda la obra y milagros del escritor colombiano por lo que poco les puedo añadir. Sí me permito dos apuntes. Oirán hablar del “realismo mágico” y habrá quien atribuya su invención a Gabo. Es falso. Lo real maravilloso siempre ha estado ahí. Fue alejo Carpentier el primero en ponerlo por escrito en El reino de este mundo (1949). Estaba por ejemplo en Los ríos profundos (1958) de José María Arguedas, entre otras. Tampoco es algo que se ciña a un continente. Si quieren la prueba echen un vistazo a las obras de Álvaro Cunqueiro (Merlín e familia, 1955, y siguientes) y entenderán por qué Galicia es también Macondo. El propio Gabo lo reconoció hace años en una visita a mi país: “Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicia sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico ―mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan―, y en los países míticos nunca sale el sol”. Lo que Gabo hizo fue darle una forma nueva a los relatos que siempre habían estado ahí y que escuchó por boca de sus mayores. Porque contar historias es tan viejo como el hombre, solo cambia la forma de hacerlo. He ahí la grandeza del escritor, pero sobre todo del cronista porque sus novelas son sobre todo la crónica del mundo tal y como lo conocemos y en el que la realidad es por fuerza obra de la magia. Toda Latinoamérica coge en los cien años de soledad de la estirpe de los Buendía que como no podía ser de otra manera, como el mismo continente, estaba maldita. Incluso la Biblia forma parte del universo Macondo, donde por haber hay hasta una virgen que asciende a los cielos como quien va a tender las sábanas una mañana de verano. (…)

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