Los jugadores de cartas (Paul Cézanne, 1895)

Los jugadores de cartas (Paul Cézanne, 1895)

A veces basta con una sola frase. Por eso los grandes como McCarthy no necesitan más que unas cuantas palabras en boca de sus personajes para que el lector alcance a saber si se encuentra entre un héroe o un cretino. Hace tiempo que las cosas dejaron de ser blancas o negras pese a que muchos insistan en seguir arreglando el mundo desde la cómoda barra del bar. Eso hace que también sea más difícil descubrir a los cretinos que sin embargo viven su mejor momento. No es que ahora haya más que antes, sino que ya no tienen reparo en esconder su condición. Decía Flaubert que no hay un cretino que no haya soñado ser un gran hombre, ni un burro que, al contemplarse en el arroyo junto al que pasaba, no se mirara con placer, encontrándose aires de caballo.

El cretinismo (al menos en su segunda acepción del diccionario de la RAE) vive su época dorada que consiste en que uno puede presumir de ello pues cuenta con una cohorte de aduladores dispuestos a tomar como argumentos racionales lo que son solo excreciones encefálicas disparadas ante un micrófono. Estamos rodeados de caballos deseosos de mirarse con aparente despreocupación en los arroyos de la Historia. Está por ejemplo Aznar, patrón supremo del cretinismo patrio: «me cuesta mucho ganarme honradamente la vida y pago hasta el último de mis impuestos», dijo hace poco un tipo que tiene cubiertas una serie de necesidades básicas: pensión vitalicia, oficina y seguridad a cargo de todos nosotros. Tiene que ser la del ex presidente una existencia dramática pues lo peor que le puede pasar a quien ha ejercido el poder es alejarse de él. Lo primero es inventarse una vida y a la de Aznar ya solo le queda por incluir un par de milagros.

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