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Neymar celebra uno de sus tantos ante el colegiado nipón Nishimura. /  IVAN SEKRETAREV (AP)

Neymar celebra uno de sus tantos ante el colegiado nipón Nishimura. / IVAN SEKRETAREV (AP)

Arrancó el Mundial y lo hizo siguiendo el guion esperado. Y quizá esto fue lo peor. No fue este Brasil-Croacia un partido inaugural al uso, de los que suelen disputarse entre selecciones que en el mejor de los casos aspiran a pasar de la fase de grupos para justificar el estipendio. En el peor, eran la excusa para amenizar una tarde veraniega en la que dar cuenta de un trozo de pan de Sorribas untado de Nocilla por la abuela. No es el caso de este Brasil, un equipo con más nombre que juego pero que sigue trotando el verde con cinco estrellas en la pechera. Y eso es algo que no deberían olvidar los puristas. Y mucho menos de Croacia, un país diminuto que ha montado una prensa de producir mediocampistas bien dotados. Felipao más que un equipo ha construido una división blindada que, en caso de apuros, lo fía todo a la fortuna o a la entrada de factores externos. Se sospechaba. Brasil ha organizado el Mundial más caro de la historia y una cosa es permitir a regañadientes las protestas de sus propios indignados, y otra bien distinta es dejar que se asome siquiera la sombra del Maracanazo. En el peor de los casos nos lo temíamos y ayer no hicimos otra cosa que confirmarlo: Brasil jugará su Mundial con 12. Y sin contar a los antidisturbios de los alrededores de los estadios.

El partido en el Arena Corinthians comenzó con sobresalto. Cuando Srna, que junto con Olic durante todo el encuentro puso en evidencia toda la temporada de Alves, lanzó un centro lloroso y resbaladizo desde la izquierda que se topó con los pies y el desconcierto de Marcelo, uno de esos laterales más acostumbrados a enfilar la portería contraria y que cuando lo hace hacia la propia se le nota el miedo en la mirada. El campo enmudeció y por la grada sobrevolaron los fantasmas. Fue un espejismo pues los de Felipao volvieron al plan previsto y durante los siguientes minutos castigaron el área croata como la aviación aliada el cielo de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial. La selección balcánica siguió impertérrita, entregada a la finura de su medio campo de fantasía en las botas de Rakitic y Modric, dos elfos entre los gigantes todocampistas brasileños. Nada en la canarinha recordaba las maravillas pasadas. Solo Neymar, que se sabe protagonista, puso cabeza y peligro escurriéndose vertiginosamente por la línea de fondo para poner un centro afilado como un cuchillo hacia la frontal del área que Oscar aprovechó para que Pletikosa se luciera. Fue lo que hizo en toda la noche el eterno portero croata.

Con Brasil cargando como Jenízaros otomanos pues nada más se puede esperar de un equipo en el que el 7 lo lleva un percherón que para más inri responde al nombre de Hulk, solo una embestida rasgada de su estrella podía volver a poner la tranquilidad en la torcida. Colocó Neymar un zurdazo raso que entró llorando y pegado al palo derecho de Pletikosa. Hubo puntería en el tiro de Neymar y pesaron mucho más las 35 primaveras del arquero croata. Encontrarse a Pletikosa en el campo lo reconcilia a uno con una vida en la que cada vez se hace más difícil topar con peloteros más viejos. Pero también da un poco de pena y esta se vio certificada en el tercer tanto canarinho, obra de Oscar, de puntera y sobre la bocina, de los que no valen ni en los recreos, como queriendo dejar patente la total ausencia de belleza con la que cabalga el combinado de Felipao. Fue Pletikosa el que se volvió a comer otro balón raso y esta vez por su palo. Es duro, pero el tipo se tira al suelo a la misma velocidad que yo, que colgué los guantes hace diez años para no volver a cogerlos más que en gloriosas ocasiones como son esas pachangas que en vez de terminar en el vestuario lo hacen en la barra.

Para cuando el gol de Oscar subió al marcador ya todo daba igual. Ya todo había sido pervertido por obra y gracia de un árbitro, el japonés Nishimura, que fue la única persona sobre la faz de la tierra en ver penalti en la acción entre Lovren sobre Fred. Más que una pena máxima, el colegiado se sacó de la manga un conjuro de Pikachu, el anime que adorna la camiseta de su país natal. Convirtió Neymar, era su noche y está por ver si también lo será el Mundial. De Fred hay poco que decir. Figura de delantero de Brasil y solo ese dato haría revolverse en su tumba al viejo Leónidas. También hace llorar de vergüenza a Romario o el mismísimo Ronaldo, arietes frescos en las retinas. Es probable que la inmensa cintura de este último tenga todavía más movilidad que la del hoy delantero titular de esta Canarinha.

El sentir general lo resumió la portada del OLÉ argentino nada más el japonés pitó el final: «Arrancó robando». Algo de razón había en la pataleta aunque justo es reconocer que no son los albicelestes los más indicados para hablar de Mundial robado. Pero esto es la FIFA, una institución pseudodelictiva que organiza eventos deportivos. Es el fútbol el único deporte profesional de masas que sigue sin usar el vídeo (lo pondrá a prueba solo en casos de gol fantasma) para evitar que la mala praxis adultere la competición. Hay mucho en juego y no siempre es el fútbol. Así las cosas, la posibilidad de que un país como Catar alcance los cuartos en su propia casa en el Mundial 2022 gana enteros día a día.

Quiso el destino que este Brasil 2014 se abriera en casa de lo que el inolvidable Sócrates bautizó como «Democracia Corinthiana». Mientras la gente gritaba seguramente con razón rodeada de uniformados armados hasta los dientes a kilómetros del nuevo estadio, el recuerdo de El Doctor se hacía presente. Mediapunta espectacular, Sócrates salía al campo con una cinta en la cabeza que no solo usaba para contener un cabello rebelde como su alma, sino para trasladar mensajes. Cuando marcaba se dirigía a la grada y levantaba el puño izquierdo, gesto respondido por los seguidores del Corinthians con pancartas repletas de arengas políticas. Era aqulla una época en la que los reglamentos, sin ser perfectos, al menos no castigaban la poética política. El viejo campo del Corinthians estaba coronado por una pancarta en la que se leía una frase del ídolo: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ayer el seleccionador croata prefirió no pronunciarse. Al menos tranquiliza constatar el desarrollo experimentado por Brasil en los últimos años: la policía brasileira ya reparte hostias igual que la española.

 

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