Etiquetas

, ,

chicago_missandchic1

El otro día recibí un WhatsApp de mi hermano Tallón: “Envía un parte de guerra, joder, que estamos en ascuas”, decía. Los de Ourense siempre van al grano. Contesté con un escueto “estoy vivo, que no es poco”. Han sido dos meses fatigantes. Tres desde que llegué de nuevo a Estado Unidos, esta vez para quedarme no sé por cuánto. En estos meses me ha dado tiempo de: comprar un coche (en este país es más importante que un trabajo), encontrar un trabajo, empezarlo, buscar apartamento, mudarme y, claro, darme de bruces con las dificultades que tiene la burocracia cada vez que llegas a un país nuevo. Todo por ese orden. También he escrito, poco. Un artículo, el último hasta este que están leyendo ahora mismo y un reportaje en La Voz de Galicia, el periódico en el que publiqué, hace años ya, mis primeras letras impresas y que, con las alarmas generadas por Ferguson me llamó para que explicara un poco el lío. Lo de Ferguson es un lío, poco hay que explicar, les dije. En el reportaje, que se publicó el 31 de agosto, me extendía un poco más pero venía a contar lo mismo: como repetía el estribillo de Battlestar Galactica, “esto ha pasado antes y volverá a pasar”. Conviene no dejarse llevar por el alarmismo de los titulares. Por si acaso tengo un texto mucho mayor que espero sacar algún día, pronto. Porque el tema se las trae y las prisas, y sobre todo los estereotipos, han hecho que lo sucedido en Ferguson siga siendo, todavía hoy más de mes y medio después, un asunto con más sombras que luces.

***

La primera vez que vine a este país, mi maestro Nacho Mirás me regaló un blog que tituló Cuaderno Americano. Aquel blog se convirtió, con el tiempo, en una columna en La Opinión de A Coruña y, cuando regresé a España, cerró. Ahora Nacho Mirás lucha contra el cáncer con las que siempre han sido sus dos mejores armas: el sentido del humor y la pluma. Me consta que le está ganando la batalla y yo, desde la distancia, no puedo estar más contento.

***

Como no sé hacer otra cosa, pretendo seguir escribiendo. No lo he hecho hasta ahora por dos razones. La primera es porque soy bastante vago. El primer paso es reconocerlo. La segunda es porque soy un animal de costumbres y antes de ponerme a escribir necesito construirme una madriguera. A poder ser una mesa llena de papeles en la que exista cierto orden dentro de un caos general que lo domina todo. He tenido cierto caos general dominándolo todo, que es como yo defino lo de vivir entre cajas y maletas que esperan a ser desechas un día. Pero me ha venido impuesto. Poco a poco.

No sé dónde escribiré. Seguro aquí. Seguro también en Achtung! una publicación por la que siento un cariño especial y que me sirve de terapia. También en Jot Down mientras me dejen. Después, como siempre, donde me quieran. A ser posible cobrando. Lo intento, en serio, pero todavía no he conseguido vivir sin comer. Y algo me dice que he venido al país equivocado. Si quieren saber cómo es un vecindario en EEUU cuente el número de supermercados que vendan alimentos frescos. Como indicativo nunca falla. Casi todas las grandes ciudades de América están llenas de lo que se llaman “Food Deserts”. Curiosamente, sus beduinos tienen todos el mismo color de piel. Por ahí pueden empezar a comprender el lío de Ferguson.

***

Vivimos en Chicago, lo cual está bastante bien. “¡Qué bien, Chicago tiene que ser alucinante!”, suelen repetirme desde España. Y sí, lo es. En todos los sentidos de la palabra. Recuerden Urgencias. Aquella serie de médicos que se mantuvo en antena durante 15 temporadas y que seguía al pie de la letra la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, lo más seguro es que se te caiga encima un helicóptero seccionándote el brazo. La ciudad es fantástica, como increíbles sus diferencias entre norte y sur. Entre negros, blancos e hispanos. Entre ricos y pobres. Norman Mailer solía decir que Nueva York es la capital del mundo pero que Chicago era la capital de América. Windy City es la ciudad más americana. Vivimos en el Southside, pero en la parte buena, Hyde Park. Tampoco es cuestión de tentar a la suerte así de buenas a primeras. Tallón, que se preocupa por mi salud, se interesó por si había suficientes camellos en el barrio o si era necesario mandar uno de confianza. Todo tranquilo en ese campo. Tengo el gueto (uno de ellos) a dos manzanas. Exactamente a la misma distancia que la residencia de los Obama, en el 5046 de S Greenwood Ave, una calle ahora cerrada al público y vigilada las 24 horas del día los 365 días del año por miembros del Servicio Secreto. Especialistas en matar a una persona de por lo menos 74 maneras distintas y cuyo trabajo ahora consiste en sentarse en un todo terreno blindado a jugar al Candy Crush.

Lo más curioso de todo es lo que suelen decirme cuando saben que acabo de llegar: “Eres de España y has vivido los últimos tres años en Francia. En serio, ¿¡qué haces en Chicago!?” Acto seguido suelen invitarme a una ronda. Si algo tienen los yankees, especialmente en el Midwest, es la hospitalidad.

***

Como no tenemos cable, cada vez que quiero ver un partido de fútbol en condiciones me tengo que cruzar la ciudad hacia el norte, donde suele haber bares que emiten Soccer. Un mínimo de media hora de coche. Lo he hecho en dos ocasiones. Gracias, Real Madrid. El esfuerzo ha merecido la pena… Esto ya huele a Undécima.

*** 

Cada vez que voy a la oficina de correos del barrio me tratan tan bien que me dan ganas de escupirle a la cara a las señoras que me atienden. Me recuerda a la amabilidad de los funcionarios franceses y me tranquiliza saber que no es nada personal. Todos en la fila, uno detrás de otro, recibimos el mismo trato. Esto me ha extrañado bastante dado que en este país suele ser norma que el trabajo de cara al público debe ser ejercido con un celo casi exquisito por miedo a una especie de regla: el cliente, el que paga, siempre tiene la razón. Y cuando no, todo es cuestión de dinero.

Me han pedido 47 dólares por enviar una carta certificada (en realidad no se puede certificar nada fuera de EEUU) a Francia. Supongo que es el precio de mantener a los caballos del Pony Express.

***

La maldición de nuestra generación es que por mucho que trates de evitarlo, siempre acabas en el IKEA. Si uno tiene verdadera mala suerte será un sábado.

***

Por ahora no he experimentado un choque cultural. No más allá del miedo que me produce no tener seguro médico todavía. Estoy en ello. De momento me he enterado de que como somos pobres para los estándares americanos tenemos derecho a recibir de parte del Gobierno Federal unos 240$ mensuales para “comprarnos” una cobertura. En las próximas semanas me sumergiré en el proceloso océano del Obamacare. Una cosa es segura, pase lo que pase, tendré que pagar por una mínima póliza sanitaria. La diferencia entre un coche y un ciudadano en cuestión de seguros es que los coches tienen motor.

Por mucho que se quejen de la sanidad pública española, lo siento, pero no tienen ni puta idea de lo afortunados que son y de lo que les están quitando.

Paradójicamente lo lleva peor mi santa, yankee, de cerca de Detroit. Ahora va yendo, pero las primeras dos semanas en Chicago volvía en este plan: “esto es increíble, dos horas he tardado en recorrer 10 millas, no sé cómo esta gente puede vivir así. Nos volvemos a Europa.” Unas risas. Lo dije antes, en este país, puede que salvo en NY, el coche es lo más importante, más incluso que el trabajo porque sin coche es posible que ni siquiera puedas trabajar por la sencilla razón de que no puedes llegar a tu puesto. Es la gran asignatura pendiente de EEUU. El transporte público, salvo honrosas excepciones, brilla por su ausencia. Y las infraestructuras están tan sobrecargadas y tan viejas que no son propias de la primera potencia mundial. Obama, al que últimamente le salen enanos por todas partes y que ya tiene cara de Pato Cojo (un presidente en lo último de su mandato) se ha cansado de repetirlo sin mucho éxito y ha optado por centrarse en lo importante, que es controlar el flujo de petróleo procedente de Oriente Medio ante la nueva amenaza del llamado Estado Islámico. Qué quieren, no hicimos una guerra para perderlo todo ahora. Y aún así.

El otro día escuché en la radio que EEUU asiste aterrado a la escalada de los precios del bacon. Un desayuno americano sin bacon es como una tortilla sin huevos. Un drama para millones de familias temerosas de dios que se juntan los domingos a disfrutar de un buen brunch americano antes o después de acudir a sus iglesias. Tremendo, lo del precio del bacon, a 6 o siete dólares los 250 gramos. Gracias a la burbuja del bacon olvidamos el dramón que para millones de americanos constituye cada día acercarse a una gasolinera. Ayer, en Indiana, donde los impuestos son más bajos, eché gasolina a $3,299 el galón. En Chicago el abanico de precios oscila entre los 3,65 a los 4 dólares. Un galón americano son 3,7854118 litros así que ustedes dirán: qué afortunados los americanos, su gasolina es mucho más barata que la nuestra y, en parte, tienen razón. Luego pueden pensar que un americano conduce de media al día entre 50 y 100 millas y no tienen nada más que hacer la cuenta: una milla son 1,609344 kilómetros. La locura, tanto que mi santa tiene momentos de querer volverse a Europa. A mí cuando me entra la crisis me voy a comer una hamburguesa y recuerdo lo bueno de este país. Lo jodido es lo de mi santa. Aquí es bastante difícil encontrar jamón serrano decente. Todo está colonizado por el sucedáneo italiano. He ahí el verdadero triunfo de la Marca España.

Anuncios