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"Debería EE.UU. prohibir los vuelos desde África", ayer en el plató de la CNN desde mi televisor.

“Debería EE.UU. prohibir los vuelos desde África”, ayer en el plató de la CNN desde mi televisor.

En EE.UU. estamos ya en la cuenta atrás para esa festividad del miedo que es Halloween. En realidad, las grandes superficies comerciales viven en esa cuenta atrás desde el 5 de julio, el día siguiente a la conmemoración de la Independencia. El miedo estrella de este año es el Ébola, ahora que, por lo visto, ha llegado a EE.UU. Observen la fotografía que abre esta entrada y ya se pueden imaginar el nivel del debate. Una vez más, vamos a morir todos.

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Por si fueran pocos los agujeros de seguridad que muestra una ficción como Homeland (quizá la serie más mala y más sobrevalorada de la historia de la televisión) tenemos al Servicio Secreto bajo sospecha. Tanto que su hasta esta semana directora, Julia Pierson, ha dimitido. No faltaban razones, más allá de su sospechoso parecido con Jack White, y es que en cuestión semanas, dos tipos se han colado en la Casa Blanca, cuyas ventanas, en otro incidente reciente, habían recibido varios impactos de bala de procedencia desconocida. La guinda del pastel fue que el pasado 16 de septiembre, un segurata, armado y con antecedentes penales, compartió ascensor con el presidente de EEUU durante una visita de este al Centro de Control de Enfermedades de Atlanta. El cuerpo de seguridad más importante del mundo olvidó chequear el historial de los que iban en el ascensor pero ojo, se dio cuenta de que algo iba mal cuando el segurata tiró de móvil para hacerle fotos al presidente. No sé qué más pruebas necesitan de que los llamados selfies los carga el diablo.

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Mientras tomábamos una cerveza, un amigo me ha preguntado esta semana por Cataluña. En realidad, la cosa fue así: “Oye, he leído algo de que Cataluña se quiere ir, ¿y eso?”. Un poco sorprendido, le di un sorbo a la cerveza y solo acerté a contestar. “Bueno, digamos que querer irse es el estado natural de Cataluña”. Él se rió y recurrió al viejo refrán norteamericano para estos casos: “Same old, same old”.

Aquí los paralelismos con el caso escocés son normales a la hora de tratar el tema catalán. Y poco más. Un tira y afloja y un dimes y diretes. Una especie de repetición de lo ocurrido en el fallido referéndum escocés, salvando la distancia que supone el vínculo histórico entre EE.UU. y Gran Bretaña, una vez conseguida la independencia de Irlanda y cortadas en los noventa las vías de financiación que durante décadas salían desde esta orilla del Atlántico con destino a las arcas del IRA. Al final fue un humorista, el británico John Oliver, el que en su programa diario en la HBO realizó el análisis más objetivo: “Escocia e Inglaterra han vivido algo parecido a un matrimonio de conveniencia durante los últimos 300 años. Y yo soy el primero en reconocer que Inglaterra ha sido una cabrona desde la luna de miel”. Y hasta ahí. El resto es literatura más o menos oportunista por ambas partes, algo que se produce a palazos en el caso catalán.

Me han preguntado y me remito a lo ya dicho en otras ocasiones. A mí no me preocupa tanto que se vaya Cataluña como que los que nos quedemos seamos nosotros. Y, sí, también me han llegado los chistes a costa de los gallegos y nuestra famosa indefinición en una hipotética situación semejante. Alguien debería pararse a pensar lo que un chiste tan inocente como cargado de razón dice de nosotros como país. Las razones son obvias, pero Mark Renton se explica mejor que yo.

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Un estereotipo de los muchos que hay sobre Estados Unidos dice que aquí se come mal y que carece de una gastronomía. Es una tontería. Es probable que sea precisamente EE.UU. el lugar donde mejor se come del mundo. Y por supuesto que tiene una gastronomía variada y exquisita. En concreto las tiene todas. El problema de EE.UU., más acusado quizá que en ningún otro sitio que yo conozca, es que aquí comer bien cuesta dinero, mucho. Y no hablo de restaurantes.

Dime el supermercado al que vas a comprar y te diré la clase social a la que perteneces. Yo, por ejemplo, sé que a Whole Foods por ahora solo de turismo. Me pasa lo mismo con Mariano’s (cada vez que abre una tienda es noticia en los noticieros locales). En el barrio donde vivo hay un supermercado cuyo nombre no recuerdo y que presume de ser “el más europeo de Estados Unidos”. Por supuesto, es mentira. A no ser que con lo de “europeo” se refiera a mantener los precios de un ultramarinos en pleno distrito financiero de Londres.

Nosotros, como recién llegados, seguimos en la búsqueda del sueño americano y eso se traduce en el tamaño, más bien pequeño, de nuestra cartera. Somos asiduos del Aldi, escasamente a milla y media de donde vivimos, ya en pleno corazón del gueto. Esta semana cuando volvíamos de hacer la compra, mi santa me dijo que se sentía observada. Coño, respondí, es probable que seamos los únicos blancos que han entrado a comprar en ese supermercado desde que el dueño de la cadena vivo a inaugurarlo. A veces también vamos a uno que se llama Trader Joe’s. Es una especie de supermercado hipster. Tiene cosas buenas y no es excesivamente caro. Es muy recomendable para comprar vinos y cervezas de calidad a precios asumibles.

Aldi, que es una especie de Lidl que está intentado sacudirse la etiqueta de “supermercado para pobres”, ha mejorado considerablemente sus productos y, desde luego, es mucho mejor que el Save a Lot al que solía ir a comprar cuando era estudiante-profesor en Kalamazoo y en el que adquirir ciertos productos era algo parecido a jugar a la ruleta rusa. Incluso han abierto un establecimiento en Lincoln Park, al norte del Downtown y uno de los barrios más exclusivos de Chicago y en donde esta semana estuvo Obama para participar en una cena privada para recaudar fondos para el gobernador de Illinois, el demócrata Pat Quinn. Han abierto el Aldi Justo debajo de un Whole Foods. Nunca he ido. Conozco a gente que sí (en los mismos productos puede haber una diferencia de 3 a 4 dólares con respecto a Whole Foods) y siempre cuentan lo mismo: “esta casi desierto”.

El cuadro puede ser el siguiente: un vecino de Lincoln Park cubriéndose la cara mientras sale del Aldi. Por el qué dirán.

Lo de Trader Joe’s es todo buen rollo desde el propio uniforme de sus empleados, vaqueros y camisas hawaianas. Junto a Whole Foods suelen tener buena prensa. Y, además de la imagen y la calidad, hay una explicación para que sean más caros que la media de sus competidores. En un negocio donde Walmart es Darth Vader, ellos juegan a ser Luke Skywalker ofreciendo cierta cobertura sanitaria y mejores salarios a sus empleados.

La última vez que fui a Trader Joe’s rellené una solicitud de empleo. A ver. Mi trayectoria profesional mejora cada año.

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Creo que no conozco un país semejante en su pasión por la comida. Sentarse a ver la tele es un suplicio. La tasa de obesidad tiene muchas explicaciones pero la fundamental es económica y cultural. Imaginen tener poco o nada que hacer y menos todavía en la cartera hasta el punto de que tu vida se resume en sentarse ante el televisor con 200 canales y anuncios de comida cada siete minutos. Lo difícil es no hacer tres o cuatro viajes a la nevera o tirar de teléfono para encargar la misma pizza cubierta de tres variedades distintas de queso, champiñones, bacon, salsa barbacoa y salchichas blancas que acaba de pasar por delante de tus narices. Por tercera vez en la última hora. Una pizza que por supuesto suele ser relativamente barata en comparación con la carne, el pescado y los vegetales frescos.

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Y están los restaurantes. Y la moda. El fin de semana pasado, mi santa, mi suegra y mi cuñada se levantaron con la intención de ir a comer un hot dog al sitio de moda de la ciudad y que está a punto de cerrar sus puertas, porque su dueño está aburrido y prefiere morir de éxito. Llegaron antes de las once y las recibió un empleado que les informó de que ya no sería posible. No aceptarían más clientes hasta el lunes. Y por lo visto, el lunes, la misma historia. Hay gente que por 200 dólares se ofrece para hacer cola y conseguir un turno para que otro (el que paga) pueda comerse uno de esos perritos calientes.

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Ya tengo seguro médico. Por la módica cantidad de 150 dólares mensuales más la ayuda estatal de 300, tengo una cobertura sanitaria que me da derecho a pagar. Esto quiere decir pagar (menos) por consulta, pruebas y tratamientos básicos. Lo que incluye una prima de 1500 dólares. Soy como un coche con un seguro a terceros. Si enfermo, yo pago el tratamiento hasta esa cantidad. Si es más, igual pues con los seguros yankees nunca se sabe, será mi compañía médica la que se haga cargo salvo un 20% de los costes que tendré que seguir abonando yo mismo. Si ese 20% excede la cantidad de 3.750 dólares es la compañía la que se hará cargo de mis facturas. La misma compañía a la que desde ayer pagaré religiosamente todos los meses. Supongo que por algo aunque todavía no estoy muy seguro de qué. Pero sigan haciéndole caso a nuestros liberales, “la sanidad pública no funciona y es una ruina”. Se lo dice uno que vive en el país que más gasta del mundo en sanidad (pública) y en el que la primera causa de quiebra familiar es precisamente el gasto sanitario.

Y si esto les parece una especie de timo, imaginen lo que era el mercado sanitario antes de la existencia del Obamacare. Con todas sus imperfecciones y defectos.

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El chiste que en los próximos días cerrará los informativos de buena parte del mundo es el siguiente. “Arrestadas dos profesoras de EE.UU. por montarse un trío con un estudiante”. Unas risas que confirman que en este país sigue siendo más fácil jugar con pistolas que con pililas. Lo que me recuerda que la universidad en la que trabajo ya tarda en enviarme el correspondiente documento sobre Sexual Harassment que en su día cubrí en Kalamazoo. Para que lo sepa yo, y para que quede constancia de que la Universidad me advirtió de que con las cosas de comer no se juega.

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Mañana voy a intentar sacarme el carnet de conducir del estado de Illinois. Me he enterado por casualidad de que la licencia internacional que llevo en la cartera desde hace meses no es válida en este estado, si lo era en Michigan. Sí lo es el carnet español, que no lo era en Michigan. Un lío. Para sacar el carnet tengo que poner mi propio coche en el que llegaré, por supuesto, conduciendo. La coña será irme, también conduciendo, como suspenda. “No te preocupes”, me han dicho, “eso nunca pasa, las petroleras necesitan vender gasolina”.

Como siempre, ¡es la economía estúpido!

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