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El consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez

El consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez

Cierto razonamiento popular hizo furor: mejor que gobierne la derecha que como son ricos, por lo menos no robarán. Con el paso de los años y la llegada de la democracia, más que olvidarlo, lo superamos. Al establecimiento de una nueva era contribuyeron los propios interesados, profesionales de toda ideología y condición que siguieron aquella máxima de Zaplana de que «para hacerse rico, hay que entrar en política». Una cierta rama de la historiografía considera que la historia tiene un carácter cíclico. Incluso Carlos Marx, tan denostado por algunos como querido por otros, llegó a asegurar que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Desconozco si el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid sabe algo de historia, o, incluso, aunque se le presupone, de medicina. Tampoco si Javier Rodríguez debe ser calificado de farsa o de tragedia. Sobre la posibilidad de presentar su dimisión tras el desbarajuste en el caso del ébola, Rodríguez tiró de gracejo popular: «Yo llegué a la política comido». Y nosotros respiramos al comprobar que el de Rodríguez es otro caso de esos que, una vez comido, están aquí para vomitarnos encima. En un alarde de generosidad, el consejero añadió que «si tiene que dimitir» dimitirá, puesto que «tiene la vida resuelta». Tamaña intervención solo es comprensible en el lenguaje de la calle, lo que viene a ser un gigantesco «me sudáis la polla todos vosotros». En su intento de quemar (todavía más) a la enfermera descargando las tintas sobre un protocolo de seguridad que fue modificado ayer mismo por el propio Ministerio, llegó a asegurar que «no hace falta hacer un máster para ponerse el traje». Encima de desgraciada enferma, gilipollas. Toda una metáfora de España y su famosa gallardía. Un país en el que sus universidades hacen caja con caros másteres en riesgos laborales, pero en el que para tratar con el ébola basta con diez minutos de práctica. O un poco más, para el caso de los enfermeros de la bolsa de empleo que están siendo llamados a filas para trabajar en la planta maldita del Carlos III. Es tan grande el festival de despropósitos que a nadie extrañaría ya ver a un miembro del Gobierno contando los beneficios que el virus está teniendo en la creación de empleo en el sector sanitario. Si eso no es una intervención divina, que se aparezca la virgen y lo vea. Mientras la enfermera se debate entre la vida y la muerte en una habitación de hospital, el país y sus medios se han lanzado a una espiral en la que ya no quedan límites por superar. No sólo deontológicos, sino de simple sentido común. Teresa Romero ha sido ya dada por muerta y hasta incinerada de cuerpo presente. Mientras unos se agarran a su hipotética responsabilidad en el contagio como al clavo ardiendo sobre el que sostener la gestión política del caso, otros mantienen hacia la paciente la empatía de la que carecieron hacia los dos misioneros repatriados. En ambos casos, la premisa era la misma: jugarse el pellejo desinteresadamente por ayudar a quien más lo necesita. Pero, ah, qué más da el gesto si el humano puede ser usado de arma arrojadiza cuando de lo que se trata es de seguir estando comidos.

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