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Ben Bradlee, entonces director de The Washington Post, observa la plancha de la primera página del periódico con el titular "Nixon dimite", en los talleres del diario, el 8 de agosto de 1974. // David R. Legge/Washington Post/Getty Images

Ben Bradlee, entonces director de The Washington Post, observa la plancha de la primera página del periódico con el titular “Nixon dimite”, en los talleres del diario, el 8 de agosto de 1974. // David R. Legge/Washington Post/Getty Images

Ayer, a la edad de 93 años, falleció Ben Bradlee. Muchos no sabrán de quién se trata. Para otros, algunos de los que siempre quisimos dedicarnos a este hermoso y vilipendiado oficio, era algo parecido a un mito. El director -en EE.UU. se denomina llama “editor” frente a “publisher”, que suele ser el dueño o máximo accionista- de los años dorados de The Washington Post (1968 y 1991), el hombre bajo cuya acción (y omisión) permitió que el periódico capitalino levantara el escándalo de los Papeles del Pentágono (junto a The New York Times) y, sobre todo, el Watergate, que acabaría con la presidencia de Richard Nixon.

Bradlee fue, en palabras de David Remnick (hoy editor de The New Yorker y, entonces, bajo la dirección de Bradley, reportero de batalla de TWP primero, y corresponsal en Moscú hasta 1991, después) “el más consecuente y carismático director de periódico de la América de Postguerra”.

No todo fueron flores durante su mandato en TWP. Tuvo que comerse el sapo de ver como una de las historias de su periódico, “El mundo de Jimmy”, firmada por Janet Cooke y publicada el 28 de septiembre de 1980, resultaba ser un cuento completamente inventado salido de la profusa imaginación de una reportera deshonesta. La historia era demasiado buena para ser verdad, un niño de ocho años adicto a la heroína. Y por supuesto no lo era. Para colmo, el reportaje ganó un Pulitzer. Bradlee, herido y avergonzado ordenó la devolución del premio casi al minuto siguiente de que se levantaran las primeras sospechas. Encerró a la falsa reportera en una habitación y, junto a otros miembros de su equipo, le arrancó una confesión. Fue el mayor error de su vida.

García Márquez, periodista y mejor fabulador dijo entonces: “Es injusto que le hayan dado el Pulitzer, como también lo es que no le den el Nobel de Literatura”.

Hay quien suele recordar algunas de sus frases durante la investigación de los jóvenes reporteros Carl Berstein y Bob Woodward. Sin embargo, a mí la que más me gusta es una que reza de la siguiente forma: “Contrata siempre a gente más lista que tú y ayúdalos a florecer”. Esa es la labor de un director y no la de ejercer de comisario político. Y quizás ahí radiquen buena parte de los problemas actuales, aunque no todos.

Para leer sobre la vida y milagros de Ben Bradlee pueden quedarse con tres piezas. La mencionada de Remnick y estas dos: la que publicaba ayer la que fue su casa y la que sacaba la competencia neoyorquina, en primera página y abriendo su web. Imaginen eso en otras latitudes donde la guerra mediática se asemeja más a un derbi futbolístico.

Pero, sobre todo, si tienen interés vayan a la propia fuente. Sus memorias, La vida de un periodista (A Good Life, Newspapering and Other Adventures en su original en inglés), publicadas en 1995. Un libro que debería ser de lectura obligada para cualquiera que se quiera dedicar a este oficio. Y además es tremendamente divertido.

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Yo no sé si los de Bradlee eran mejores tiempos para el periodismo en general. Lo que sí que creo es que, en aquellos, al menos la prensa sí tenía la capacidad de tirar presidentes.

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