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A Rajoy no lo esperaba nadie y acabó atado a la Moncloa con una cantidad de escaños nunca conocida antes en el orbe peninsular si exceptuamos el accidente del PSOE en 1982; un resultado que, como el partido que lo consiguió, bien puede considerarse hoy prehistoria reciente. A Mariano Rajoy hace tiempo que se le ha puesto cara de David Crockett en la batalla de El Álamo. No importan las señales, tampoco las acusaciones vertidas en prensa por jueces, policía o Hacienda. Sigue ahí, impertérrito, agrandando su leyenda de resistente. Ayer en la enésima embestida sobre la ya legendaria Caja B del partido que preside, fue quien de escribir una nueva muesca en su cinturón de hombre tranquilo. Rajoy mata rivales y periodistas con la misma indiferencia con la que Chuck Norris se deshacía de los soldados del Vietcong. 

Fue en Bruselas, lejos del país al que no habla si no es plasma mediante. El presidente del Gobierno fue preguntado hasta en dos ocasiones sobre la imputación del ex secretario general del PP Ángel Acebes en el caso Bárcenas (una más), el escándalo de las tarjetas de Caja Madrid que afecta al exministro Rodrigo Rato ―el enésimo hueso que nos han tirado para tenernos entretenidos―, o el auto de ayer mismo del juez Pablo Ruz certificando el uso de dinero negro para pagar las obras de la sede de su partido en Madrid.

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