La casa de Al Capone en el 7244 de Prairie Avenue en una imagen de los años 30.

La casa de Al Capone en el 7244 de Prairie Avenue en una imagen de los años 30.

Sacarme la licencia de conducir en EE.UU me ha costado 30 dólares y una hora de mi vida incluyendo examen teórico, práctico, foto y entrega de carné. Casi suspendo el teórico por hacer lo que se supone que no se debe hacer: copiar. En la parte de identificación de señales (el examen consta de 37 preguntas con 7 fallos permitidos) dudaba sobre el significado de dos de ellas. Mientras me dirigía a entregar la prueba me crucé con un señor de cierta edad que estaba a lo mismo. No pude aguantar la tentación y eché una mirada, seguida por un movimiento rotatorio de cuerpo entero que pudo observar con todo detalle la sala incluyendo las dos funcionarias que estaban esperando mi examen. Qué quieren, el pensamiento era lógico: un tipo de unos 60 años, americano de toda la vida, se supone que sabe identificar mejor que un recién llegado las señales de tráfico de su país. Me dejé llevar, me senté al lado del buen hombre y cambié dos de mis respuestas siguiendo su ejemplo. A escasos dos metros del mostrador. Creo que una de las funcionarias aguantó a duras penas el impulso de aplaudir mi osadía y no dijo nada. Instantes después, me levanté y entregué el examen. La funcionaria me miró, sacó la plantilla y lo corrigió al momento. «You pass», dijo y respiré tranquilo. Seis de siete fallos posibles. Dos de los fallos, por cierto, después de haberme fiado de las respuestas del hombre. Por intuición, yo las tenía bien, copié y mal. Supongo que de esto hay una moraleja. Me la enseñó por la noche un colega: «Hay que ser idiota para fiarse de las respuestas de un viejo en el examen de conducir», me dijo. «¿No has pensado que si tiene que volver a hacer el teórico es por alguna razón?».

También me saqué el Illinois ID, la especie de DNI estatal que funciona en EE.UU. El funcionario que estaba encargándose del DNI de mi santa yankee (cuando te mudas de estado hay que sacarse la identificación correspondiente al estado en el que se reside, incluyendo licencia de conducir, seas estadounidense o no) me dio un par de consejos: «Ni se te ocurra hacerte de los Cubs (uno de los equipos de baseball de la ciudad, al norte, cuyos seguidores son fundamentalmente blancos y que está maldito). Solo hay una opción, los White Soxs» (el otro, al sur y multirracial y más exitoso). Le dije que sí, ya que vivimos en el South Side pero que lamentablemente no me quedaba más remedio que bancar a los equipos de Detroit si no quería verme exiliado al sofá. «En ese caso no habrá problema», me dijo. Y añadió: «En Chicago a una pareja en la que uno de los Cubs y otro de los Sox, la llamamos matrimonio mixto».

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Me estoy aficionando al fútbol (el americano, que se juega con las manos) por la sencilla razón de que es casi el único deporte que se puede ver en abierto. Empiezo a reconocer ese punto de espectacularidad que solo le encuentran los estadounidenses fanáticos. Tengo amigos que, sin embargo, lo odian y lo consideran un juego para degenerados. A mí antes me gustaba el hockey sobre hielo básicamente porque es igual de espectacular y más rápido, lo que hace que me recuerde al fútbol sala. Sin embargo he de reconocer que el hockey sobre hielo ha perdido mucho desde que lo juegan deportistas profesionales y no ex presidiarios que se reunían a pegarse con la excusa de perseguir una pastilla sobre el hielo. Desde que las peleas están prohibidas ya nada es los mismo.

El fin de semana pasada asistí (por televisión) a uno de esos momentos que hacen grande al football. Los Bears, el equipo de Chicago, visitaban la casa de New England Patriots, uno de los equipos más fuertes de la última década (3 Superbowl, 2002, 2004 y 2005; y dos subcampeonatos 2008 y 2012) de la mano de su quarterback estrella, Tom Brady, al que en Europa conocerán por ser el flamante marido de la modelo brasileira Giselle Bundchen. Brady, un jugador camino de la leyenda, destrozó a los Bears hasta acabar el partido con un abultado 57-23. Lanzó 5 jugadas de touchdown y completó 30 de sus 35 pases. Casi perfecto. El desastre para Chicago fueron 57 segundos fatídicos durante los cuales encajaron 3 touchdowns. En 57 segundos. No se ha visto nada igual desde que el Manchester United le robó la final de la Champions al Bayern de Munich en 1999, con la diferencia de que allí fueron necesarios 3 minutos sobre el tiempo cumplido.

Después de una semana todavía hay quien se pregunta en la ciudad si la defensa de los Bears viajó aquel día con el resto del equipo.

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El pasado miércoles un tirador solitario accedió al Parlamento de nuestra vecina Canadá y sembró el pánico durante unas horas. Antes, el tirador, que resultó se un canadiense convertido en islamista radical, había asesinado al soldado Nathan Cirillo que se encontraba haciendo guardia frente al Memorial de Guerra.

Sorprendía la localización, Canadá, un país con una legislación armamentística semejante a la de EE.UU. pero mucho más tranquilo y civilizado hasta el punto de que no suele padecer este tipo de sucesos. El último, por ejemplo, fue en Dawson College en 2006, donde el asesino mató a una persona y dejó a otras 19 heridas antes de suicidarse. Antes de este hay que remontarse al 6 de diciembre de 1989 cuando Marc Lépine, de veinticinco años, armado con un rifle semi-automático (legal como en EE.UU) disparó contra veintiocho personas, matando a catorce de ellas antes de suicidarse.

Durante los primeros momentos, cuando aun no se conocían los detalles del suceso se pensó en lo lógico. Un nuevo grillado que se lanza a protagonizar un tiroteo en masa. Lo extraño era la localización, especialmente si se piensa desde este lado de la frontera. Yo lo pensé y muchos norteamericanos lo pensaron. Algunos incluso lanzaron tuits al respecto señalando la evidencia. Una de ellas fue la modelo Chrissy Teigen:

Teigen2

«Tiroteo en Canadá, o como lo llamamos en América, miércoles». Bingo. Y se desató la tormenta. En cuestión de minutos Teigen recibió tal cantidad de insultos, críticas y amenazas de muerte que decidió abandonar la plataforma social. Hay que decir que también muchos apoyos.

Una nueva muestra de que la verdad, en todas partes, puede que nos haga libres pero duele por igual.

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Nadie quiere comprar la vieja casa de Al Capone. Situada en el número 7744 de la Avenida Prairie, al sur de la ciudad, lleva años en el mercado. En concreto 831 días durante los cuales su precio ha bajado de los 450,000 fijados en 2009 a los 300.000 dólares, para caer ahora a 225.000. Capone compró la casa en 1923 por unos 5.000 dólares de la época. Aunque no vivió en ella mucho tiempo, ya que desde que se convirtió en el jefe de la mafia de la ciudad solía pasar sus días en el Hotel Lexington en la esquina de la Michigan Avenue y la Calle 22, en pleno centro de Chicago, la vivienda perteneció a su mujer hasta 1947. Entonces esta se la vendió a su cuñada y hermana del capo, Mafalda Maritote, justo después de la muerte de Capone en Miami, adonde se había trasladado tras salir de la cárcel. Desde 1963, la vivienda pertenece a Barbara Hogsette, una maestra jubilada de 77 años que todavía reside en uno de los pisos de la vivienda y que quiere desprenderse de ella para mudarse a uno de esos complejos para jubilados.

Ha habido intentos convertir la casa en un museo. Incluso en una especie de edificio histórico, pero estas iniciativas siempre se han topado con la oposición del Ayuntamiento y la comunidad italiana. No entienden que se quiera de alguna forma homenajear o glorificar la memoria de uno de los criminales más famosos de la ciudad. Puede ser entendible. Pero toda oposición cae tras un razonamiento. Está Michael Jordan y está Capone. Los símbolos son así, no se eligen. Por los demás, como si la historia de la ciudad no estuviera plagada de mafiosos de mayor enjundia comenzando por su histórica primera familia política, los Daley.

Durante los años 20 y 30 del pasado siglo, Al Capone construyó su imperio del crimen en la Ciudad del Viento. Lo suyo era tráfico ilegal de bebidas alcohólicas amparado en la Ley Seca a través de su vasta red clandestina de salas de juego. Se calcula que en 1927 la fortuna de Capone ascendía a 100 millones de dólares. En el fondo, Capone no era más que un hombre de negocios carente de paciencia y al que no le gustaba que le llevaran la contraria, que sabía aprovecharse de las circunstancias y, sobre todo, de la sed de los estadounidenses. «El sistema americano, llámalo americanismo, llámalo capitalismo, llámalo como quieras, da a todos y a cada uno de nosotros una gran oportunidad; solo tienes que agarrarlo con ambas manos y consigue lo mejor de él».

Capone, como ocurre con todos los delincuentes de ancha cartera, cayó por la pasta. La historia es de sobra conocida y el héroe es  Eliot Ness y sus «Intocables» que relacionaron al capo con ingresos procedentes del juego ilegal y la consecuente evasión de impuestos. De aquella, Suiza quedaba muy lejos. No como ahora.

Si Capone levantara la cabeza volvería a decir lo mismo que decía entonces. «Cuando vendo licor, lo llaman contrabandismo, pero cuando mis clientes se sirven en Lake Shore Drive [la lujosa orilla del lago Michigan], lo llaman hospitalidad». El relativismo desde dentro.

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El próximo martes hay elecciones. A estas alturas lo mejor que le puede pasar a Obama es que las cosas se queden como están. Que los Demócratas mantengan el Senado y los Republicanos la Cámara de Representantes. La popularidad del presidente está bajo mínimos. Tanto que ya casi nadie se acuerda de por qué fue elegido. Es curiosa la política en este país. A Obama le ha tocado ocupar la Casa Blanca en las peores circunstancias. Heredó dos guerras que no ha sabido o no ha podido acabar, la peor crisis desde el Crack del 29 y una oposición tomada por el Tea Party, una pandilla de fundamentalistas medio locos.

Obama no es candidato pero es probable que pase lo que pase, sea él el gran perdedor. Todas las promesas de 2008 se las ha llevado el viento. Guantánamo sigue abierto y los hispanos continúan esperando por una reforma migratoria que probablemente nunca se vaya a producir por la lógica del status quo. El Partido Demócrata necesita seguir haciendo una promesa que nunca cumplirá seguro de que el Republicano jamás hará nada por ayudar a la primera minoría del país. Pero no hay que olvidar que la responsabilidad mayor es de los propios interesados. En EE.UU. hay ya 52 millones de hispanos de los que unos 25 tienen derecho a un voto que solo ejercen unos 6 por la sencilla razón de que el resto no quiere o no puede registrase para ello. Y eso cuando las elecciones son Presidenciales.

Pese a todo es una estupidez negar las cosas están mejor que en 2008. La economía crece al 3,5%, el paro está al 5,9% y el Obamacare, con dificultades, ha conseguido lo imposible, que muchos de los que carecían de seguro médico accedan a ella y que otros tantos que tenían hayan visto rebajada su factura. También hay quien se queja. Los usuarios de las llamadas pólizas Premium, las mejores y más caras, un 2% de la población que ha visto como sus coberturas se han encarecido. Un 2% frente a un 98, lo suficiente para que el espectro republicano del país siga gritando a los cuatro vientos que esto no funciona, que es una intromisión intolerable del Gobierno federal en la libertad y que, claro, perjudica a las clases medias, cuya única cuenta Premium, con suerte, es la de la televisión por cable.

El problema, según una amiga, es que las expectativas eran tan altas como irrealizables. Y era peor entre sus votantes más entregados y la llamada ala izquierda de los Demócratas. Pero no solo estos están cabreados, una sensación semejante existe en las filas moderadas e independientes del GOP (Great Old Party, el apelativo del P. Republicano). La diferencia es que ellos tienen el problema en sus propias filas. John McCain, el republicano derrotado por Obama en 2008 señaló esta semana que «el problema es que a la gente no le gustan los republicanos y a la gente no le gusta Obama».

Y luego está la cuestión racial. Obama ha recibido tres veces más amenazas de muerte que cualquier otro presidente en la historia de EE.UU. Y el problema racial, en el caso del presidente, sigue siendo doble. Las palabras del reverendo Al Sharpton (uno de los más combativos y polémicos dirigentes afroamericanos) durante la carrera de Obama para ganar la candidatura demócrata tienen hoy todavía tintes proféticos: «Solo por ser de nuestro color, no te convierte en uno de nosotros».

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