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Estado de la situación. Últimas 24 horas: marisco, pescado, cordero y licores como si no hubiera un mañana. En esto, grosso modo, consisten las Navidades en Galicia. Un sindiós descontada la Nochebuena que se prolonga hasta la próxima sala de espera. Antes has llegado después de meses de ausencia. Mi vida se resume en un anuncio de El Almendro. Desde pequeño, hijo y nieto de emigrantes, las vacaciones tenían el sonido de la Lotería, el día escogido por mis padres para viajar. Tres hijos en un coche de aquellos años, mil kilómetros por delante y sin DVD, cruzando los interminables puertos de una belleza insondable. La meta era la vieja casa de Sorribas donde esperaban mis abuelos y mi tío con el juego de busca los regalos escondidos por toda la casa. El barco pirata de Playmobil era el tesoro de la isla. Y mientras buscábamos, mi padre pensando: «yo trabajo para que mis hijos no tengan que emigrar.» Fue la historia que nos contaron y resultó que el mañana no era ni como lo relataban, y peor, ni como lo creímos.

foto: abc.es

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Para hostia, la que todavía carga mi padre. No somos emigrantes, es decir, uno, desde esta cara buena del mundo, no emigra por necesidad. La necesidad imperante del susto o muerte. En algo somos afortunados, tenemos el color de piel adecuado y el pasaporte preciso. Todo es cuestión de perspectiva y si alguien tiene alguna duda, que pregunte en Melilla o en Río Grande, por poner dos ejemplos rápidos. Sin pensar, como se hacen estas cosas, uno decide de un día para otro coger carretera y manta. Y luego ya se verá. Entonces está la vuelta. Como en El Almendro, aquel anuncio de finales de los ochenta. Quién nos iba a decir que, años después, iba a estar de una actualidad relativa y que nosotros íbamos a usurpar el papel protagonista. Qué más dan las cifras, a fin de cuentas si algo bueno ha traído eso que llaman la Unión Europea es que ya no hay números, las fronteras son libres y la emigración entra en el terreno de la estimación. Es una cuestión de fe que, en manos del político adecuado, se convierte en aventura o drama.

No hay nada de malo en marcharse, más allá de la despedida, un agujero en el fondo del corazón que solo cura el día a día. Lo jodido es volver. El que se ha ido vive en un limbo que dista mucho de ser de los justos. Una especie de cuenta atrás hasta la próxima vez que se abre con la puerta de llegadas en el aeropuerto. Entretanto un no-tiempo. La vida desde la distancia hasta que la puerta de llegada se vuelve a abrir y el contador interno de cada uno de nosotros vuelve a ponerse en marcha. Desde el mismo instante de la última vez. Pasa que ese punto en el horizonte espacio tiempo es íntimo y personal. Y bastan unos instantes de vuelta para darse cuenta de que un minuto de ausencia equivale a dos horas de presencia. Nada es comparable al vértigo que produce la sensación de comprobar que la vida, la muy puta, ha continuado sin ti. Y aquí estás, de vuelta, pretendiendo, como Fray Luis a su regreso al aula de Salamanca, como decíamos ayer. Y no. De repente eres el extraño que se da cuenta que ya nada está como lo dejaste. En eso consiste volver.

Artículo publicado en el aniversario de Revista Highway.

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