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sala de espera de la Union Station. Chicago, Illinois (1943). / JACK DELANO/LIBRARY OF CONGRESS

Sala de espera de la Union Station. Chicago, Illinois (1943). / JACK DELANO/LIBRARY OF CONGRESS

Hog Butcher for the World,
Tool Maker, Stacker of Wheat,
Player with Railroads and the Nation’s Freight Handler;
Stormy, husky, brawling,
City of the Big Shoulders.

* Carl Sandburg, ‘Chicago’, Poemas de Chicago, 1916

Poco importa la procedencia: norte, sur, este u oeste. Al fondo, vigilante con ese ojo de rojo intermitente que todo lo ve, justo en el centro de Mordor, se alza la Torre Sears (rebautizada como Willis). En los días nublados, el loop permanece oculto en la distancia e, incluso, desde los pies de un edificio que se eleva 442 metros sin contar sus dos antenas, no se alcanza a ver el cielo. Eso es Chicago, la ciudad de las mil caras y otros tantos nombres, una jungla de asfalto, acero, cristal, piel y huesos, que atrae y repele por igual. Es Chicago ―”la capital de América”, a diferencia de Nueva York, “la capital del mundo”, en palabras de Norman Mailer―, una urbe levantada a orillas del lago Michigan que se extiende por una superficie de 600 kilómetros cuadrados convirtiendo cualquier desplazamiento diario, por pequeño que sea, en una aventura a través de sus legendarios atascos.

Dicen los relatos de los exploradores españoles del siglo XVII que fueron los indios potawatomis los primeros en reclamar un territorio que en su lengua nativa llamaron “Chicaugou”, poderoso, fuerte o grande. Sin duda, una predicción de lo que estaba por venir. En 1795, en virtud del tratado de Greenville, el área fue cedida a EE.UU. Pero tras aquel parto inicial, Chicago renació literalmente de sus cenizas. Entre el 8 y el 10 de octubre de 1871, la ciudad ardió casi por completo. Empujadas por el viento y la sequedad del último verano, las llamas se comieron 18.000 viviendas, locales y fábricas. Alrededor de 300 personas fallecieron y otras 100.000 lo perdieron todo, pero aquello sirvió para construir una nueva ciudad al dictado de las líneas marcadas por su Escuela de Arquitectura.

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