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Manifestación de Podemos, el sábado en Madrid. Foto: Andres Kudacki/AP

Manifestación de Podemos, el sábado en Madrid. Foto: Andres Kudacki/AP

A veces cuando pongo la televisión del país en el que no vivo desde hace años me pregunto si quienes han estado gobernándolo los últimos 37 años son las huestes del tal Pablo Iglesias. Tal es la situación en España, en la que pegas una patada y salen cuatro expertos en cualquier tema, donde el deporte nacional que antes se practicaba en la barra del bar ha acabado por colarse en sus pantallas. Cuando Pablo Iglesias, telepredicador convertido en última esperanza blanca o en bárbaro que acecha las fronteras del imperio, según a quién se pregunte, dijo aquello de que «el cielo se toma por asalto», no llegó a imaginar que tras las murallas siempre hay gente dispuesta a defenderlas.

Y en esa batalla andamos todos, enredados a la espera de unas elecciones que definan por fin el estado de la situación y con algo tan etéreo como unas encuestas como única hoja de ruta. Si de algo estamos seguros es de que el fenómeno de Podemos es carne de tesis doctoral; y se viene un río de ellas en los próximos años sin importar cuál sea el destino final del mismo. Hay quien todavía hoy se declara sorprendido por el triunfo del chiringuito montado por los más listos de la clase de la Complutense. Son precisamente los que, instalados desde hace años tras el confort que proporcionaban las murallas que ahora amenazan con ceder, olvidaron que al otro lado había gente. Y que estaba cabreada. Los mismos que cuando las tiendas de campaña ocuparon la Puerta del Sol repetían si quieres hacer política monta un partido.

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