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Barack Obama canta acompañado de los manifestantes de la marcha de Selma que cruzaron el puente Edmund Pettus hace 50 años. SAUL LOEB

Barack Obama acompañado de alguno de los manifestantes de la marcha de Selma que cruzaron el puente Edmund Pettus hace 50 años. SAUL LOEB

Usted sabe que está hablando con un cretino cuando este apuntala su débil argumentario con una declaración supuestamente invencible: «Estados Unidos es el mejor país del mundo». Punto. De aquí no pasamos, el viejo «destino manifiesto» de la «nación elegida» hace su aparición. Fin de la conversación. En ocasiones, el cretino, que en la mayoría de los casos nunca ha salido de las fronteras marcadas a sangre y fuego por Tío Sam, se envalentona y zanja la conversación con un: «Si tan poco te gusta por qué no te vas a otro país».

La destinataria de las frases resultó ser mi mujer, estadounidense de cuna y cría, en una distendida charla de compañeros de trabajo a cuenta de los beneficios sociales (el sistema de protección) que recibe un contribuyente en Estados Unidos en comparación con los países europeos en los que ha vivido, España y Francia, y a cuenta de la celebración del 8 de mayo. No me importaría pagar un poco más en impuestos si a cambio tuviera una mayor cobertura sanitaria y especialmente como mujer, vino a decir ella, lo que levantó los ánimos de su compañero. El tema de los impuestos es casi un anatema en este país, donde la mayor parte de ellos están disfrazados y escondidos entre una maraña de descentralización política que aquí llega al paroxismo. La teoría de la OCDE (en datos de 2012) viene a señalar que efectivamente la presión fiscal estadounidense es muy inferior a la del resto de países de su entorno, un 25,4% frente al 32,6% de España y más lejos todavía del 34,2% de media de la OCDE. En la práctica, esto se traduce, sin embargo, en que por ejemplo el sistema sanitario público (sin contar el privado) de EE.UU. sigue siendo el más caro del mundo solo comparado al de Noruega aunque su cobertura sea infinitamente menor.

Porque siempre resulta llamativo ver los toros desde la barrera. Mientras estos días en España algunos se peleaban por si hay que obligar al padre a pillarse parte de la baja de maternidad de la madre por aquello de una pretendida «igualdad», aquí el tema pasó sin pena de gloria. EE.UU. es uno de los nueve países del mundo (entendemos que civilizado) en los que no existe oficialmente un sistema de bajas por maternidad. En este sentido, EE.UU. está a la altura de naciones de la talla de las Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Niue, Palau, Papúa Nueva Guinea, Surinam y Tonga.

El problema de muchos es creer que el mundo acaba en sus fronteras, algo que no es específico de EE.UU. Ocurre que aquí está más generalizado.

En el último discurso del Estado de la Unión, Obama reclamó «siete días de baja por maternidad» (pagados, se entiende). Y claro, se le tiraron a la yugular. Por negro y además, rojo.

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