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La bandera confederada ondea en el Senado Estatal de South Carolina, en Columbia.

La bandera confederada ondea en el Senado Estatal de South Carolina, en Columbia.

Ha vuelto a suceder. Una muesca más en un revólver siempre humeante. Policía-blanco-mata-a-hombre-negro, rezan los titulares rebotados allende los mares una y otra vez. Un nombre más, Walter Scott, a unir a una larga lista que no tiene fin: Ferguson, Nueva York, Pasco (el muerto fue un mexicano) o Cleeveland, donde la víctima fue un niño con una pistola de juguete, son solo algunos de los más mediáticos. Lo que aquí, pese al sobresalto, los (medio)sesudos análisis y la media indignación teñida de victimismo o culpa, dependiendo del espectro del color en donde se encuentre cada uno, sigue siendo un día normal en la oficina. Ocurrió el sábado en North Charleston, Carolina del Sur, en cuyo senado estatal, en la capital Columbia, todavía ondea la bandera confederada de los racistas estados del Sur. Este último dato es solo una anécdota, una nota de color, otra más a unir al espectro de tonalidades que rodean en EE.UU. a la llamada violencia policial.

Un afroamericano de 50 años conduciendo un coche con un piloto roto por un suburbio de mayoría negra en una ciudad con el 80% de su cuerpo de policía blanco. Una parada rutinaria, el tradicional stop and frisk, en el que si eres negro tienes más de la mitad de las papeletas de que te toque. Podemos coger las estadísticas de una ciudad como NY y extrapolarlas al resto del país para tener una idea de la situación. En 2014, de los 46,235 detenciones rutinarias (requerimiento policial por cualquier razón), el 55% las sufrieron los afroamericanos, un 29% los latinos y solo un 12% los blancos. Por lo tanto, la raza, sigue importando. Y mucho. Hasta el propio presidente Obama tuvo que reconocer tras lo sucedido en Ferguson, que «había un problema de desconfianza» entre la comunidad afroamericana y la policía. La policía es racista. Es sobra conocido: la policía de NY odia a los portorriqueños, la de LA a los mexicanos, la de Portland a los esquimos, los Rangers de Texas tenían el siglo pasado una querencia especial por linchar mexicanos y en Chicago, cuya policía vive bajo eterna sospecha de brutalidad, el cuerpo reparte sus fobias entre el South Side afroamericano y el West Side de mayoría latina. Pero si creen que esta fijación en la raza como modus operandi es exclusividad estadounidense echen un vistazo a los cuerpos de otras latitudes. No miro a nadie, Mossos d’Escuadra.

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