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Vñeta de Maus, Art Spiegelman.

Vñeta de Maus, Art Spiegelman.

En uno de esos arranques lapidarios propios de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno sentenció: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Corría 1955 y la opinión pública mundial comenzaba a conocer la magnitud de los horrores derivados del Nazismo. Adorno se equivocaba. En 1947, Primo Levi entregaba a la imprenta la primera edición de Si esto es un hombre, sus memorias en tres partes de su cautiverio en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. Un texto que convertiría a su autor en una celebridad y que rezuma dureza y belleza a partes iguales. Se demostraba así que sí se podía hacer poesía (en el sentido aristotélico del término) después de lo acontecido.

Es probable que ninguna otra materia humana haya suscitado mayor bibliografía (de todo tipo) y mayor debate (de todo tipo también) que el Holocausto. Durante un tiempo, el mero hecho de debatir (llegar a entender) sobre el tema levantó suspicacias y ataques al considerar algunos, de una forma equivocada, que cualquier intento de comprensión era poco menos que una justificación. Que se lo digan a Hannah Arendt, a quien colocaron el cartel de apestada tras la publicación, de abril a junio de 1961 en The New Yorker, de su serie de reportajes sobre el juicio al criminal nazi Adolph Eichmann en Israel. La archiconocida tesis de Arendt sobre la supuesta banalidad del mal fue calificada como la banalización del propio Holocausto. En realidad Arendt daba en el clavo: el horror absoluto es algo tan banal (por utilizar su término) y tan natural a la existencia del propio ser humano que puede ser repetido en cualquier momento de forma automática: como quien realiza un simple trabajo administrativo como pieza de un sistema mucho mayor, lo que era el caso del criminal Eichmann, en el perverso engranaje de la Solución Final.

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Scott hace suyo en este sentido el argumento de la historiadora social Natalie Zemon Davis, quien en una carta en protesta por la situación de Salaita señaló que “los tweets tienen que ser leídos tanto en su contexto, una conversación en curso, un conjunto de llamadas y respuestas, así como un género, una forma de expresión espontánea limitada a 140 caracteres: una ráfaga corta, rápida del sentimiento, no un argumento razonado”. Debido a la inmediatez que caracteriza el medio, no hay revisión razonada “antes de que uno publica un tweet; más bien, comentarios rápidos sobre lo dicho, de alabanza o de ira”. Algo que se puede aplicar a lo que estamos viendo estos días en buena parte de lo dicho por los “dos bandos” enfrentados, en base a comentarios que en algunas ocasiones tienen varios años de antigüedad, y responden a situaciones particulares que hacen referencia a la tensión social del momento en el que fueron emitidos.

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