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Malagón

Malagón

Vivo en una ciudad segregada racialmente. La más segregada de todo EE.UU. Diversa y segregada porque diversidad y segregación son cosas muy diferentes. El 33% de su población es negra no hispana, el 32% se define como blanca no hispana mientras que los hispanos son ya el 29%. El mapa da cuenta de esta diversidad demográfica. Y también de una segregación de facto que, sobre el terreno, denota desigualdad. Es cierto que hay muchos Chicago pero fundamentalmente se dividen en dos: North Side y South Side. Cuando salgo de mi vecindario, en ocasiones, me olvido de que vivo en la segunda ciudad de EE.UU. ―la “más americana”, decía Normal Mailer―, y, por el estado de las carreteras, me pregunto quién nos habrá bombardeado la noche anterior.

Ir al norte de Chicago es hacerlo no ya a otra ciudad sino a otro país. Mejores infraestructuras, supermercados, bares y restaurantes de moda. Y una población inmensamente blanca que se tiñe (hispanos y afroamericanos) cuanto más hacia el oeste, lo que se traduce también en mayor criminalidad. En los barrios blancos, los camareros son blancos pero los que recogen las mesas suelen ser hispanos. Los afroamericanos brillan por su ausencia. Son esos detalles en los que casi nadie repara, y si lo hace, solo cabe encogerse de hombros.

Se trata de una segregación sutil que sigue existiendo décadas después de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la del Derecho al Voto al año siguiente. El espíritu de Jim Crow, las leyes supremacistas promulgadas entre 1876 y 1965 basadas en la perversa cantinela de “separados pero iguales”, se resiste a disiparse del todo. Su manifestación principal son las diferencias en cuanto a pobreza, educación, delincuencia y, por supuesto, encarcelamiento.

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