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Hillary Clinton por Luis Grañena

Nadie supo verlo. Mienten los que hoy dicen yo ya lo avisé, como bellacos. Un reputado articulista de The Washington Post ha tenido incluso que comerse (literalmente) su propia columna. Y nadie supo verlo porque en realidad nadie quería verlo. Porque todos, y aquí me incluyo, nos lo tomamos a broma. Un chiste malo, pero un chiste al fin y al cabo. Al menos la campaña será divertida. Donald Trump, The Donald, el showman deslenguado y bravucón había amagado antes pero ahora se había decidido a dar el salto. Uno más a unir a esa cuerda de 16 chiflados (con las excepciones quizás de Jeb Bush y John Kasich) que se citaron al principio de la carrera para convertir el proceso de primarias del Partido Republicano en el mayor espectáculo político de los últimos años.

Para presenciar los primeros debates, lo mejor que podía hacer un espectador era pertrecharse de palomitas, abrir una cerveza y recostarse en el sofá. Y sonreír, a veces carcajearse. Porque siempre había uno que soltaba una estupidez más grande que la del anterior. Y en la mayoría de las ocasiones, ese era Trump. Que si el muro en la frontera de México, país que solo enviaba violadores y narcotraficantes, que si China “nos viola” (por si no fuera poco con los indocumentados procedentes del sur de Río Grande) o que si EE.UU. (sí, Estados Unidos, el todavía imperio que nos gobierna de una manera u otra) estaba al borde del apocalipsis o que si hay que prohibir la entrada de musulmanes y confinar a los que ya están aquí en campos. Y así un largo etcétera. Y todos nos reíamos con la tranquilidad de saber que esto tenía que acabarse en algún momento y que, mal que bien, el Partido Republicano volvería a ser el de siempre y escogería a un burócrata neoliberal cuyo amor por el libre mercado solo era comparable al que profesaba a Dios-creador, su perfecta mujer y sus perfectos hijos en su perfecta casa de ladrillo rojo colonial con valla pintada de blanco.

Pero no. Uno a uno todos fueron cayendo.

Trump, como el dinosaurio de Monterroso, seguía ahí, en el centro de la imagen, aupado por las encuestas, a su vez, sostenidas por las mismas pantallas en las que el showman se mueve como pez en el agua.

Nadie quiso verlo porque en realidad nadie quería dar por válidas dos tesis demoledoras: primero, el Partido Republicano se había alejado definitivamente de sus bases; y dos, estas han forzado han forzado la colonización de los idiotas.

Si toda historia tiene un principio el de esta hay que buscarlo el 4 de noviembre de 2008. Aquel día Barack Obama venció a John McCain (que en otro momento habría sido presidente con los ojos cerrados) con 365 votos electorales frente a los 173 del republicano. Una paliza. Obama había hecho historia al convertirse en el primer afroamericano en ser elegido presidente de los Estados Unidos. Muchos pensaron(mos) que, por fin, EE.UU. había dejado atrás su pecado original.

Frente a cientos de sus conciudadanos en el parque Grant Park de Chicago Obama proclamó: “El cambio ha llegado a los Estados Unidos.”

Realmente no, como movimientos como el Black Lives Matters nos recuerdan a diario. Pero aquella era una noche preciosa y el mundo amanecería al día siguiente convertido en un lugar mejor.

El hecho de que después de lo mucho que se ha andado (el país es un lugar mejor, solo busquen una balanza: derechos civiles para homosexuales y transexuales, reforma sanitaria, apertura hacia Cuba, deshielo con Irán y niveles macroeconómicos…) estos ocho años tengamos a Trump como posible sustituto de Obama hace pensar que el cambio producido no ha sido apreciado por muchos. Quizás demasiados y no precisamente en los términos adecuados.

Nada más cruzar las puertas de la Casa Blanca el único saludo que recibió desde el otro lado fue un sonoro y gran “No”. Desde el principio los cargos del Partido Republicano enseñaron qué iba a guiar su estrategia para con el nuevo inquilino durante los próximos años: No a todo lo que emanase de la Casa Blanca. Y mientras, Obama hablaba de “bipartidismo”, de “subsanar heridas históricas” y de “nación unida” que, al menos, le granjearon un premio de consolación envenenado. El Nobel de la Paz. De aquellos polvos estos lodos. Pero qué quieren, Obama es lo más cerca que estaremos nunca de meter en la Casa Blanca a un Jed Bartlet que, para colmo, también tenía un Nobel aunque fuera de Economía.

A OBAMA SUS ‘HATERS’ NO LO ODIAN POR “SOCIALISTA” (¡JA!), NI SIQUIERA POR LIBERAL EN EL SENTIDO AMERICANO. LO ODIARON (LO ODIAN) PORQUE ES NEGRO

Ahí estaba Obama, más apreciado fuera que dentro de su propio país. Nadie lo decía, claro, pero el afroamericano llegó con otra cosa bajo el brazo: haters. Odiadores profesionales antes de que incluso comenzáramos a saber de esta especie que tiene su hábitat natural en las redes sociales. Los haters de Obama comenzaron a salir de debajo de las piedras, bastaba con que el presidente respirase,  y encontraron su ecosistema natural en la radio: comentaristas como Rush Limbaugh, Glenn Beck, Michael Savage, Sean Hannity o Mark Levin lanzaban a diario diatribas desde sus micrófonos.

A Obama no lo odian por “socialista” (¡ja!), ni siquiera por liberal en el sentido americano. A Obama lo odiaron (lo odian) simple y llanamente porque es negro. N-E-G-R-O, Nigger, la temible N-word considerada ofensiva hasta en boca del propio presidente. El colmo de los colmos. Y esta es también una de las razones por las que muchos adoran a Trump: dice lo que quiere más allá de la DICTADURA-DE-LO-POLÍTICAMENTE-CORRECTO aunque lo dicho emane puro racismo.

(…)

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