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Obama Ali

Es probable que el mejor retrato lo dibujara una de sus primeras víctimas sobre el ring: “Yo no era más que un boxeador y él, en cambio, era la historia”. Ante Ali, Sonny Liston, entonces campeón de los pesados, mordió la lona no en una, aquella inesperada derrota del 25 de febrero de 1964, sino en dos ocasiones, en la revancha que tuvo lugar un año después en mayo. Para entonces, Muhammad Ali, todavía Cassius Clay, alto y guapo, rápido y de pegada contundente, “el que vuela como una mariposa que pica como un mosquito” como él mismo llegó a describirse, solo estaba comenzando a forjar su leyenda. Púgil heterodoxo que nunca llegó a encandilar a los puristas del deporte, amado y odiado por igual en la época más convulsa del país que lo vio nacer, gritó, deslenguado brillante y a veces bocazas como sería toda su vida, a todo el que estaba viéndolo aquella noche del 64: “Soy el rey del mundo y ahora os tragáis vuestras palabras”. Tenía 22 años y como amateur había ganado el Oro en los JJOO de Roma cuatro años antes. Ganaría tres títulos mundiales y se retiraría el 12 de diciembre de 1981 con un total de 56 victorias y cinco derrotas, las dos últimas contra dos semidesconocidos: Larry Holmes, que había sido sparring de Ali, y Trevor Bervick. Ambos se echaron a llorar tras derrotar a quien había sido su héroe.

Sí, Ali fue el rey y todos se comieron sus palabras.

Ante el peso de la historia no queda otro remedio más que callar. Fallecido la noche del pasado viernes en un hospital de Arizona después de años peleando su último combate ante el Parkinson, Ali es historia, como todas, llena de claroscuros y que solo la empatía de la enfermedad y los últimos años pudo blanquear. Metafóricamente hablando, claro. Pero nótese la ironía, “Ali blanqueado” por los hechos; él, el primer negro en gritar a todos (blancos estadounidenses) soy negro y estoy orgulloso, y si tenéis algo en contra podéis iros al infierno. Ese fue su primer y mayor pecado.

Más allá de ser negro, ser un negro deslenguado capaz de usar las palabras para machacar al gobierno y la famosa hipocresía estadounidense como hacía con los demás boxeadores. Como ha escrito Emilio Sánchez Mediavilla, “en aquella época se podía ser un negro delincuente temible como Liston o un buen negro servicial y callado como Joe Louis o incluso un negro defensor de la integración tan del gusto de los liberales blancos y admirado por Kennedy, como Floyd Patterson. Pero nunca un negro engreído”.

Lo cierto es que Ali los fue todos a lo largo de su vida. Porque quiso. El que avisa no es traidor, “no tengo que ser quien tú quieres que sea, soy libre para ser quien yo quiera”, advirtió.

Si quieren hacerse una idea del significado de Ali en el imaginario afroamericano y universal (vean las portadas de los diarios de medio mundo el día de autos o los artículos en el otrora diario independiente de la mañana, ese que ni siquiera considera al boxeo como deporte) conviene retroceder un poco, antes incluso de esos combates contra Liston.

(…)

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