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Rick Wilking / Reuters

Rick Wilking / Reuters

Suelo correr por el barrio en el que vivo. Me gusta mi barrio especialmente por su ambiente académico y su multiculturalidad. De hecho, si no el que más, es uno de los más multiculturales de Chicago, ciudad que entre otros dudosos méritos cuenta con el de ser una de las más segregadas de EEUU. Como la Estrella Polar: norte blanco, oeste hispano/afroamericano, sur afroamericano. Al este está el lago, no cuenta. Una mañana corría por los alrededores del Museo de Ciencia e Industria y vi cómo desde un coche orillado me hacía señas una mujer. Tras decirme que andaba corta de gasolina, la mujer me preguntó si había alguna estación de servicio en los alrededores. Le contesté que si seguía hacia el sur llegaría a Stony Island, una amplia avenida con varias gasolineras. Con un gesto de preocupación, preguntó:

—Pero… ¿es seguro?

En EE.UU. el concepto de seguridad está íntimamente relacionado con la cuestión racial. Se trata de un prejuicio histórico. El miedo atávico del blanco hacia la negritud que aquí, por razones obvias, está elevado a la enésima potencia. Lo vino a reconocer la propia Hillary Clinton en el debate presidencial del pasado lunes. “Los prejuicios raciales no son exclusivos de la policía, sino de todos”. Tiene razón. Cada día, cuando cruzo parte del gueto (me permito el lujo de usar esta palabra) para llegar a casa, me asaltan. Cuando veo un crackero en una esquina y yo estoy detenido en el semáforo inconscientemente busco la presencia de la patrulla de la policía.

Sería estúpido negarlo, lo único que podemos hacer es luchar contra nuestros prejuicios que no son otra cosa que la manifestación de nuestros miedos.

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