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Primero el shock y una sensación de infinita tristeza. “No sé cómo voy a mirarles a la cara mañana a mis alumnos”, me dijo mi esposa antes de irse, desolada y al borde del llanto, a dormir bien entrada ya la madrugada del miércoles. Es profesora en La Villita, el barrio mexicano de Chicago. El 90% de sus alumnos son hispanos. Más de la mitad indocumentados, todos con familiares directos en la misma situación.

Después del golpe, inesperado, nadie lo puede negar, llegan los intentos de racionalizar lo imprevisto. Donald Trump presidente electo de EE.UU. Trump después de Obama. Ahí queda eso. Pasar del día, con nubarrones, pero día al fin y al cabo, a la incógnita de una noche negra.

Finalmente, un mensaje común: let’s move forward. Seguir hacia delante, mirar hacia el futuro. Y puede que esto sea lo único bueno. Han sido dieciocho meses muy largos. Demasiado. Independientemente del resultado, lo positivo es que las presidenciales se han acabado. La próxima cita serán las Midterms en 2018, el primer termómetro de la nueva era Trump.

Me han pedido un perfil del nuevo presidente electo de EE.UU. Donald Trump (4 de junio de 1946, Nueva York) se convertirá oficialmente en el 45º presidente el próximo veinte de enero, cuando jure su cargo en las escalinatas del Capitolio. El magnate del que todos se reían, el histriónico presentador de realities, el showman que lo mismo funda una universidad ahora bajo sospecha y a juicio, que reparte mandobles en un espectáculo de lucha libre americana, el trilero como le definió Marco Rubio, uno de los rivales que se quedó por el camino, va a colocar su nombre al lado del de Washington, Lincoln, Roosevelt, Kennedy, Reagan, Clinton (Bill) y Obama. Sí, sobre todo Obama, cuyo legado, para bien o para mal, corre peligro de implosionar.

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