Creo haberlo escrito en otras ocasiones. Me molesta especialmente que se hable de “exiliados” para referirse al número indeterminado (las cifras bailan, básicamente porque es muy difícil saber cuántos) de jóvenes españoles que se han ido a buscarse la vida en otro país. Me molesta también que se le coloque el apellido “económico”, aunque el motivo para esta marcha, en la mayoría de los casos, sea ese, “buscarse la vida”.

No son (somos) exiliados ya que un exiliado se va obligado. Obligado básicamente porque quiere seguir conservando la vida. Los que se (nos) van (vamos) de España, aunque a “buscarse la vida”, se van por muchas y variadas razones (también económicas, claro) pero ninguna que implique un peligro inminente.

Un exiliado generalmente es también un refugiado y, por tanto, aspira a la concesión de un asilo, de una protección especial. Con el Mediterráneo convertido en una fosa común para vergüenza de todos no necesitarán que explique las diferencias entre un emigrante y un exiliado/refugiado.

A España, país rico y democrático a pesar de todo, llegan también muchos inmigrantes económicos. Muchos de ellos procedentes del África subsahariana. Muchos escapando de países que ni son ricos ni democráticos, algunos también en eterno conflicto más o menos declarado.

Tampoco ellos se parecen a los españoles que se (nos) han (hemos) ido.

Todavía no he visto a ningún español encaramarse a una verja o montarse en una lancha para tentar a la noche y a la suerte.

No. Los que se (nos) han ido lo han hecho porque queríamos (no te vas si no quieres). Incluso si no queríamos (yo también preferiría estar en mi bar de siempre con mis amigos de siempre) al menos, la decisión última era nuestra. Se (nos) han ido especialmente porque podíamos. Podíamos elegir irnos o no.

Los que se (nos) han ido son (somos) emigrantes. Emigrantes muy afortunados. Emigrantes de la cara buena del mundo. Emigrantes de coger una bolsa y comprar un billete de avión con la seguridad de que no vamos a tener problemas al aterrizar, al menos, en 28 países distintos. Eso, quizás, sea lo único que nos queda de la Unión Europea. Eso es parte de lo que está en juego.

De mal, los que se han (hemos) ido siempre pueden volver. Tienen (tenemos) un lugar al que volver, un techo bajo el que dormir y un plato de sopa esperando a nuestra llegada. La inmensa mayoría.

No son (somos) exiliados (ni siquiera económicos) ni mucho menos refugiados. Con muchas y variadas historias personales en la mochila (la mía es claramente diferente a la de mi hermano), pero emigrantes en una gran mayoría. No creo que tengan(mos) que tener un especial trato más allá de contar sus (nuestras) historias, como han hecho y muy bien Noemí y Fany.

Esto no quita que lo de hoy del ministro de Exteriores (qué casualidad, el ministerio históricamente más inútil de cuantos componen nuestro Gobierno) Alfonso Dastis, es, una vez más, una estupidez del tamaño de la Catedral de Santiago. Por desconocimiento y, básicamente, por demostrar, el señor Dastis, que carece del mínimo signo de sensibilidad e inteligencia, características que se supone derivan (entre otras muchas) de los beneficios de “irse fuera”. Estas las debería atesorar un líder político y no solo un oscuro y mediocre funcionario de la administración. Por lo visto, la definición que más se acopla al señor Dastis.

Por supuesto que viajar, “irse fuera”, es recomendable. Lo que dudo es que el ministro haya entendido esa recomendación. Lo que hace el ministro empeñado en repetir la historia como farsa es confundir el culo con las témporas.

Por eso me gustaría ver al señor ministro repetir su estupidez delante de mi madre.

 

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