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Lo peor es la sensación de amargura en la boca del estómago. También la rabia.

Pero, sobre todo, la tristeza. No sé de otros expatriados que viven fuera de las todavía fronteras del Estado, pero yo me siento triste. Mucho.

Triste porque la absoluta inutilidad de los políticos que nos representan y que son, a nuestro pesar, la viva imagen de sus representados, nos hayan llevado a ser, como tituló ayer la CNN, en su versión internacional, “la vergüenza de Europa”.

Puede resultar a exagerado (ahí están Hungría y Polonia haciendo méritos, la UE entera, por veces), pero es indudable que ayer lo fuimos.

Triste porque me pregunto en qué momento personas a las que considero inteligentes y sensatas, algunas de ellas a las que aprecio y considero amigos, han decidido dejar a un lado los matices para entregarse en cuerpo y alma a la mayor gloria de una camiseta. No importa cuál.

Y triste porque mañana se ciernen sobre nosotros muchas más preguntas que las respuestas que, a día de hoy, parecen estar sobre la mesa.

No le importa a nadie, pero venga va, por aquello del que dirán.

Me considero muy poco patriota. Me crie lejos de mi país, Galicia. Mi mujer es yankee hija de venezolana y mis hijos son gallegos nacidos en Chicago. Como Camus, creo que la única patria es la selección nacional de fútbol. También la infancia del poeta, y la memoria. Tan maleable y peligrosa esta. La misma que me hizo preguntarme si, en realidad, lo único que ayer había cambiado en Cataluña es que las hostias las daban Policía y Guardia Civil, mientras que antes eran trabajo exclusivo de unos Mossos a quienes vistieron el disfraz de héroes de incierta gloria (en este tema los disfraces son muy importantes). Quizás por muchos de los que sufrieron sus porras y pelotas de goma en el célebre desalojo de Plaza Catalunya durante el 15M, o en el escalofriante relato de documentales como Ciutat Morta. Esta pregunta, por cierto, también molestó. Últimamente todo el mundo anda con los nervios a flor de la camiseta.

Considero la independencia una opción política como otra cualquiera. Llegado el caso, hasta defendible. Incluso personalmente. Soy gallego, qué quieren, es parte de la esquizofrenia identitaria que compartimos los naturales de la vieja Galeuscat.

En general estoy a favor de la última página del Sempre en Galiza que Castelao acabó de redactar en 1947. También de un referéndum. Pactado, con garantías, siguiendo el modelo canadiense.

En todo esto (lo de ayer) hay mucho de huida hacia delante. Es la única explicación que uno encuentra desde la distancia a la actuación de a) quien incumple la ley a sabiendas de que lo hace (prevaricación), la Generalitat, incluso la propia ley; y b) quien con la ley de su parte ha perdido buena parte de su legitimidad (exterior y puede que mucha también a nivel interno) en el momento en que pone en práctica una estrategia consistente en negar lo evidente y a hostias. Peor. Lo hace ante los ojos de todo el mundo sin evitar lo que, se supone, los iluminados de Moncloa buscaban: gente votando en un referéndum declarado ilegal. Incluso peor (repito el adjetivo, es tarde cuando escribo esto y estoy cansado), reclamando poder hacerlo. Hasta en uno legal. Pactado. Lo que sea.

El presidente Rajoy, cuya actuación es no ya materia de mesa de análisis político sino de diagnóstico psicológico, vino a decir (en realidad repetir) que en Cataluña no ha habido un referéndum (sic). No hacía falta tamaño ejercicio de perspicacia por parte del máximo mandatario del Estado. Bastaba la experiencia, el sentido común, las decisiones judiciales de los últimos días y hasta el cómputo de unos resultados sabidos de antemano. Provocó Rajoy, como contrapartida, un espectáculo que se pudo ver en todo el mundo (no por RTVE Internacional, que, durante toda la tarde programó un especial de “Aquí no pasa nada, todo es producto de su imaginación”) y que resumió un amigo, estadounidense, ayer en el salón de mi casa: “lo único que a la gente de aquí fuera nos va a importar es ver a vuestra Policía pegando a gente normal que solo quiere votar”.

(Nota: lo dice un ciudadano de un país cuya policía tiene tendencia a disparar sobre un determinado segmento de la población… uf, qué lío.)

Es decir, el puñetero relato. Al que la inutilidad de las lumbreras de Moncloa, supongo que, encandilados por los porcentajes de Pedro Arriola, no le dan ningún tipo de importancia. Pero que lo es todo.

Me explico. Hay dos historias. Porque siempre hay dos historias.

La primera es la que dice: la razón y la ley está de nuestra parte, lo avalan el TC, el TSJC y todos los organismos y gobiernos (serios, los dos anteriores, no el señor en pijama en una embajada en Londres, ni el señor en chándal en un plató en Venezuela) internacionales. No necesito más. Lo tengo todo. Pero qué coñazo de historia, a quién le importa la burocracia, quién entiende la fría racionalidad de la ley. Por eso hay que saber contarla a los paracaidistas que tienen que vender historias más allá de las fronteras propias. Ni esto quiso (supo) hacer el Gobierno central. No supo (quiso) ver que, a veces la razón y la ley no bastan. La segunda, claro, es mejor y empieza: solo queremos votar. Guay. No dice, nos hemos pasado toda legalidad (incluso la propia, ojo) por el forro. Dice: yo soy demócrata, dialogante, catalán (el resto, supongo, somos jíbaros con taparrabos, esa superioridad moral insultante) y querríamos hacer las cosas “a la catalana”, lo que, supongo, no es una crema flambeada.

Quién narices no va a comprar esta historia si es absolutamente universal porque habla de valores universales. Aunque muchos de los que se llenen la boca con libertad, democracia y derechos humanos sean los mismos que protagonizaron el papel estelar de malos en las películas mencionadas unos párrafos más arriba.

A los paracaidistas no les importa. A los lectores de los paracaidistas tampoco. A los señores del pijama y del chándal menos. A estos últimos les va la marcha.

Y, por si fuera poco, le entregamos a un policía hormonado y con los nervios a mil para romperle la cabeza a una jubilada de pelo blanco. Que solo quería votar. Ante las cámaras de medio mundo. Es de no creer tanta irresponsabilidad. Tanta torpeza.

Por lo menos el inefable Aznar hablaba catalán en la intimidad. Como antes, el inefable jarrón chino apodado Isidoro. Nadie ha fabricado más independentistas que el PP de Mariano Rajoy con su estrategia de sentarse a ver pasar la vida mientras a) monto un boicot contra productos catalanes porque es algo muy español y mucho español; y b) llevo al TC un Estatut votado, en referéndum (legal), por todos los catalanes.

(Nota: el expresidente del TC que tumbó aquel Estatut dijo hace pocos días en la SER que aquella había sido una “sentencia interpretativa”, por tanto, no definitiva, por tanto, revisable. Las circunstancias, como las leyes, cambian, vino a decir hablando de la CE sin querer mentar la bicha. Pero nadie le hizo caso. Quién carajo escucha los matices en los días en que vivimos instalados en el absoluto.)

Ya da todo igual. Creo que no hay vuelta atrás. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Llámenle convivencia, confianza. Yo qué sé. Entre otras cosas porque el arco de San Jerónimo y el Parc de la Ciutadella son (hoy) un desierto en medio de un oasis de aburrimiento (sorry, Baudelaire) solo perturbado por el Pijoaparte de Marsé, al que le cuesta ir más allá de los 140 caracteres y cuyo mayor logro hasta la fecha ha sido espetarle a Rajoy un verso de Los Planetas en sesión parlamentaria (hurra!).

La lógica de los acontecimientos prevé: DUI (la independencia no se declara, solo se reconoce por terceros y nadie lo hará, pero esto hace tiempo que solo va de símbolos), 155, monarca blablablá, elecciones, mayorías reforzadas, un par de años de impasse y pim, pam, pum; hasta que la UE (si para entonces existe la UE, esa es otra) le exija a Madrid acabar con este lío porque la pela es la pela e It is very difficult todo esto.

No es cuestion de consenso, ese mito de la ficticia modélica Transición. Se trata de concesión. Porque el primer paso para llegar a un acuerdo es conceder mutuamente. En fin, un lío. Peor, un coñazo. Ojalá alguien pare todo esto antes de que la cifra de heridos no se propague a la casilla de irreversibles. Aunque solo sea por vergüenza.

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