Etiquetas

, , , , ,

wolfe

El hombre de blanco (Jim Cooper/ASSOCIATED PRESS)

Tom Wolfe no inventó nada. Por supuesto, no el Nuevo Periodismo. Pero el hombre eternamente enfundado en un traje de tres piezas, en un universo cromático que siempre abarcó desde la vainilla al marfil, tenía un talento descomunal y una pluma (y una lengua) tan afilada que lo convirtieron en único. Tanto que quizás con él se fue ayer una de las últimas estrellas del rock literario estadounidense; esas que junto a nombres como Norman Mailer, Hunter S. Thompson o Jimmy Breslin, entre otros, fueron quienes cruzaron el inmenso Rubicón que separa el escaparate de las letras ribeteadas en oro que llamamos literatura, de su hermano bastardo, el periodismo. Estrellas del rock, porque quizás junto a Gore Vidal le deben su celebridad tanto a sus libros y artículos, como a su presencia (previa aceptación) en los saraos de las denominadas torres de marfil de la sociedad estadounidense: ese triunvirato tejido con una fina línea de hilo dorado que une la academia, la política y las finanzas y que, al final del día, o del año, ya sea en los apartamentos del Upper East Side neoyorquino o en las casas de vacaciones de la aristocrática costa de Massachusetts o NY (estado), acababan siempre por compartir cenas benéficas, chismes, parejas, cócteles y, por supuesto, drogas. De ese grupo que un día pretendió volar por los aires las oficinas de The New Yorker solo sobreviven Gay Talese y Joan Didion. Recuerdo de una América, o mejor un mundo, que ya no existe, y mucho menos su periodismo. El de hoy no es ni mejor ni peor, simplemente diferente. O quizá exactamente el mismo, pero infinitamente peor pagado, lo que ya supone una distancia sideral.

(…)

Seguir leyendo en CTXT

ACTUALIZACIÓN: una versión revisada de este texto se publicó en la Revista Anfibia de Argentina.

Anuncios