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Philip Roth

Es probable que Philip Roth llevara muerto seis años y que solo el 22 de mayo, poco antes de medianoche, hora de NY, fuera la noticia confirmada al mundo. En concreto desde 2012 cuando él mismo comunicó lo que hacía dos años, tras la publicación de Némesis (2010), permanecía escrito en un post-it en la pantalla de su ordenador: “La lucha contra la escritura ha terminado”.

Nacido el 19 de marzo de 1933 en el barrio judío de Newark, NJ, deja una extensa y prolija obra (más de 30 libros) imprescindible para comprender la sociedad estadounidense de la segunda mitad del siglo pasado. América, Newark, su vecindario de Weequahic, el hombre, el hombre judío y el sexo. O viceversa: desde el sexo —en Roth sinónimo de mujer, pero también símbolo de decadencia propia—, pretendió desguazar al hombre en lucha con su identidad (judía) en el entorno urbano de Weequahic, una suerte de cronotopo desde el que explicar(se) la ciudad obrera que lo vio nacer y, sobre todo, la América del siglo XX. Porque Roth, que proyectó como pocos sus propias contradicciones en sus personajes, siempre tuvo claro que su condición de ciudadano del país-experimento lo marcaba todo: “El calificativo de escritor judío-americano carece de sentido para mí. Si no soy americano, no soy nada”, decía. Y, sin embargo, lo fue. Un escritor judío de una ciudad de segunda que asaltó el olimpo de las letras generalmente reservado a los anglosajones blancos.

Y es innegable que fuera Roth el escritor más judío; judío en el sentido en el que es judío Woody Allen, por ejemplo. Judío de la única forma que un gentil puede entender a un judío, que no es otra que contradiciéndose y planteándose y satirizando constantemente su propia identidad, y con ella, la de todos nosotros, los demás. Especialmente la del hombre de mediana edad que ve como la biología —nacer, crecer, reproducirse, morir—, es en realidad una maldición bíblica, quizás la única verdadera.

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