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John Moore/Getty Images

Cuando nos juntamos los domingos para jugar al fútbol siempre saludo a A. con un qué tal. A. sabe que no es un ‘qué’ al uso y siempre contesta con una sonrisa que contagia optimismo y, desde su envidiable (para un ateo) “fe en dios”, suele repetirme que “si haces bien, nada malo debes esperar”. También me dice: “es mejor no salir de la ciudad, ya sabes”. Por si acaso. La ciudad es Chicago y A. es mi amigo. Es manager en un restaurante del barrio en el que vivimos, tiene dos hijas americanas, lleva más de veinte años en el país. No tiene papeles. “No estoy preocupado”, dice siempre. No lo sé.

Chicago es una “ciudad santuario”. De esas que tanto incomodan a la Administración Trump, en especial a Jeff Sessions, fiscal general, que divide sus intervenciones en a) usar la Biblia para justificar políticas de dudosa moralidad (Sessions es de Alabama, por lo que su experiencia en usar la-palabra-de-dios como coartada para justificar segregación racial y/o linchamientos le viene de herencia); y b) fustigar a las ciudades que, como Chicago, se han manifestado contrarias a las políticas migratorias de Trump y se han negado a poner a disposición del ICE recursos en su particular caza al indocumentado. Eso no implica que la ciudad no sea escenario de las andanzas de esta gestapillo en la que Trump ha convertido al U.S. Customs and Immigration Enforcement.

Me han pedido un texto rápido sobre la enésima crisis provocada por la Administración Trump, esta vez, con niños inmigrantes como protagonistas. No se puede decir que no estábamos avisados. Me he pasado los dos últimos años escribiendo en CTXT sobre el candidato Trump y sobre el presidente Trump. Sobre sus políticas, y sobre lo que se ha roto con Trump. Si bien su victoria nos pilló a todos con el pie cambiado, no se puede decir que no estuviéramos avisados. Por sus palabras durante la campaña en USA, y por las palabras –y actos– de otros fuera de las fronteras estadounidenses –un fuerte saludo a los países de la UE.

Es posible que el problema sea que llevamos tantos años banalizando sobre lo que es fascismo que, cuando por fin lo tenemos delante, estamos tan desconcertados que no sabemos reconocerlo. Ni siquiera ponerle nombre.

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